A veces debemos seguir conductas de imagen acordes con nuestra sociedad; sin embargo, en esta cultura moderna de igualdad, las reglas de cortesía y elegancia parecen ser cosa del pasado.
La elegancia, definida por el Diccionario de la Real Academia Española, se muestra como la forma bella de expresar los pensamientos; además de significar gracia, nobleza y sencillez.
Para algunos, los que dicen ser representantes del pueblo (diputados), esta gracia social de elegancia deja mucho que desear cuando se expresan en el pleno o cuando lucen su vestimenta.
Esta cultura de imagen que debe tener todo funcionario, se incrementa en forma negativa cuando los personajes aparecen ante los medios con lenguajes inapropiados por las redes sociales, vestidos como guacamayas o más parecidos a un semáforo.
A casi un periodo de finalizar el quinquenio 2014-2019, en la Asamblea Nacional hay pequeñas mejoras en la etiqueta de los honorables (principales y suplentes) ; sin embargo, algunos dejan mucho que desear al momento de escoger las combinaciones para estar ante la prensa, público o sus comunidades.
El vestir con elegancia para expresar una imagen ofrece una perspectiva a los electores sobre las cualidades o aptitudes que deben tener sus representados o sus escogidos por votación popular.
Como buenas costumbres en el vestir se puede mencionar contados casos, como Athenas Athanasiadis, Luis Barría, Miguel Fanovich, Héctor Carrasquilla, Jorge Iván Arrocha, Manuel Cohen, Noriel Salerno y Yanibel Ábrego.
La elegancia como sinónimo de prestigio, debe ser asumida como un estilo propio de cada individuo, con variantes sociales y educativas que implican un patrón de conducta, el cual debe ser aceptado o rechazado por la sociedad.
El autor es comunicador social.