ALZHEIMER

Envejecer con gracia

Envejecer con gracia
Envejecer con gracia

Este es el título de un libro escrito por el epidemiólogo David Snowdon, uno de los mayores expertos en Enfermedad de Alzheimer, quien realizó un estudio científico titulado “El estudio de las monjas” que revolucionó la forma de ver la vejez y el modo de vivir, al evaluar la vida de 678 monjas católicas, su estado cognitivo y su cerebro en autopsias. Una población de fácil estudio, quienes impresionaban tener un estilo de vida similar, alejadas de los vicios y estrés psicológico, todas educadoras de diversas áreas desde su juventud y siempre dedicadas a servir a otros, incluso en la ancianidad; decidieron ofrecer su historia y sus cerebros ‘post mortem’ para ser estudiados.

Muchos consejos que llaman “fáciles de seguir” aparecen por todas partes, en medios de comunicación, para cuidar la salud del cerebro: desde el punto de vista social, se recomienda mantener vínculos humanos y relaciones interpersonales; desde el punto de vista psicológico, evitar el estrés y mantenerse siempre optimista; desde el funcional, mantenerse activo, mental y físicamente, aprendiendo cosas nuevas y diferentes hasta el último día de la vida y evitando el sedentarismo a toda costa y desde el punto de vista nutricional, existen alimentos que han demostrado ser beneficiosos y déficit vitamínicos que podrían afectarlo. Es decir, son muchos los aspectos involucrados; también hormonales o metabólicos.

Puede ser que las monjas que formaron parte del estudio cumplían con la mayoría de estas recomendaciones; sin embargo, Snowdon, en el afán de descubrir la similitud de las monjas que desarrollaban el trastorno cognitivo, encontró que todas debían realizar una autobiografía de sí mismas al ingresar al convento y al revisarlas notó que aquéllas cuyo vocabulario era más pobre, que eran poco creativas y melancólicas a la hora de describirse y que consideraban que su vida hasta el momento había sido simple y poco especial, eran aquéllas quienes desarrollaban la enfermedad. Y al compararlas con las que habían elaborado una autobiografía sublime de sí mismas, que lograban tener expectativas y cuyo vocabulario era sofisticado y poético; no desarrollaron la enfermedad, a pesar de que ‘post mortem’ se evidenciaran las lesiones cerebrales propias de la misma.

En 1901, el neurólogo y psiquiatra Alois Alzheimer, observó una paciente de 51 años conocida como Auguste Deter, quien como hallazgo principal presentó deterioro cognitivo progresivo y rápido, ingresó al hospital psiquiátrico delirante y confusa, sólo recordaba su nombre, el cual repetía constantemente ante cualquier pregunta y muere 5 años después, diciendo “ya no soy yo misma”. Alzheimer no consideró que este problema fuese psiquiátrico y pensaba que debía existir una lesión orgánica cerebral que explicara esta condición, por lo que examina el cerebro de esta paciente luego de fallecida, evidenciando las lesiones que hoy se describen como características de la enfermedad que lleva su nombre.

Ciertamente, al escuchar “Alzheimer” todos tiemblan. Han considerado a esta enfermedad como un estado de locura, al punto de que se le conozca como demencia. Se le diagnostica a la mayoría de los pacientes adultos mayores que llegan a una consulta con deterioro en su cognición, quienes viven con temor de que se les catalogue como “locos” y a veces pienso que es lo que más afecta sus vidas y las de sus familias. Incluso la consideran parte del envejecimiento, aun cuando su descubridor la observa en una paciente joven. Y en un estado avanzado de la enfermedad, no evaluada tempranamente, se piensa que han perdido su alma, como manifestaba Auguste, “ya no son ellos”; pero sí lo son, sólo hay que reorientarlos, tienen dignidad y son particularmente sensibles a las emociones o al simple tono de voz de las personas que los cuidan; sólo que no se pueden comunicar a un nivel cognitivo elevado.

Los resultados del estudio de las monjas fueron interesantes si tomamos en cuenta que las lesiones que describe Alzheimer son similares en varias de las mujeres estudiadas y que no llegaban a desarrollar la enfermedad. Pero lo mejor sería recalcar que según este estudio, la manera en que pensamos de nosotros mismos a lo largo de nuestra vida, la motivación que tengamos y nuestra creatividad por nuevos proyectos de aquí en adelante, reforzaría nuestro cerebro, incluso teniendo las lesiones y nos libraría de padecerla. Y que la disfunción cognitiva que llamamos demencia podría ser un síntoma o una simple forma en cómo el cuerpo expresa que hay algo que nos está afectando y por eso, dos casos no son exactamente similares, pueden variar y tener causas diversas.

¿Será que tendríamos que tener más cuidado a la hora de emitir diagnósticos que empeorasen la manera en cómo un paciente se ve a sí mismo, al punto de que sus proyectos de vida ya no serían reales, su motivación por rehabilitarse sería nula y lo único que le quedaría a este paciente sería aguardar en una cama, la muerte? ¿Será que en el afán de dar un nombre a lo que padece un paciente lo sobrediagnosticamos sin evidencia suficiente, perdiendo la oportunidad de buscar la causa real, generando un sufrimiento no sólo del paciente sino de la familia? Tenemos que pensar en individuos, no en enfermedades.

El estudio y el libro elaborado por Snowdon muestran que el envejecimiento no significa un paso inevitable a la enfermedad ni la discapacidad; más aún puede ser un tiempo de productividad intelectual prometedor y de vigor espiritual, un tiempo de verdadera gracia.

La autora es geriatra

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