VIDA EN SOCIEDAD

‘Eppur si muove’

En un reciente comunicado la Conferencia Episcopal Panameña explica que defender la institución familiar “amenazada por sectores que quieren imponer una ideología que va contra la naturaleza humana” no es discriminar, en alusión a las reivindicaciones planteadas por los colectivos que luchan por los derechos de las personas Lgbti. Y es verdad, defender a la familia no es discriminar. Pero la jerarquía de la Iglesia católica no está defendiendo a la familia, porque nadie desde estos colectivos la está amenazando, ni desde los movimientos de mujeres ni desde las Naciones Unidas ni desde las organizaciones que luchan por los derechos humanos.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos ya ha establecido que la obligación de no discriminar que tienen los Estados, incluye la no discriminación por razón de orientación sexual. Que el Estado reconozca (nadie pretende que la Iglesia lo haga) el derecho al matrimonio entre las personas del mismo sexo no atenta de ninguna manera contra la familia; de hecho, protege a las familias de estas personas, que también son familias, aunque los jerarcas católicos no estén listos todavía para entenderlo. Nadie pretende que las familias cristianas se salgan del “diseño original de Dios”; de hecho hasta sería bueno que se esforzaran un poco más en hacer realidad ese diseño, porque 8 de cada 10 panameños nace fuera del matrimonio, y de estos, 6 de cada 10 nace fuera de una unión estable.

En mi opinión lo que la jerarquía de la Iglesia católica está defendiendo (aunque tal vez no sea consciente de ello) es el patriarcado, o sea, la ideología — eso sí que es ideología— que ha sustentado durante siglos los privilegios del varón sobre la mujer como si eso fuera el orden natural de las cosas. Y es que esta institución, donde mandan solamente los hombres, es el ícono máximo del patriarcado y su último bastión. Lo que nuestros queridos jerarcas están defendiendo es también la heteronormatividad, que es el sistema que impone la heterosexualidad como único modelo válido de relación afectiva y sexual, y por consecuencia, también como única forma válida de generar relaciones de parentesco.

La Iglesia católica es una institución que, como todas, se equivoca. Y porque históricamente se ha equivocado, ha tenido que pedir perdón a los africanos por no haber estado de su lado para acabar con la esclavitud; a los indígenas americanos por los crímenes cometidos contra ellos durante la colonia; ha pedido perdón a los judíos, por su secular antisemitismo; e incluso ha pedido perdón a la familia de Galileo Galilei, a quien condenó por atreverse a afirmar que era la tierra la que se movía alrededor del sol y no al revés. Pero el mundo “se mueve, a pesar de todo”, y se mueve a pesar de la Iglesia católica. Y eso bien lo saben los movimientos de mujeres, ya que los jerarcas de nuestra iglesia tampoco estuvieron al lado de ellas en su lucha por el voto, o en cualquier otra lucha a favor de la igualdad [Juan Pablo II también pidió perdón a las mujeres por cierto, pero todavía le queda mucho por hacer a una iglesia en la que las mujeres siguen estando marginadas].

Por todo eso, no esperamos que la Iglesia católica esté tampoco del lado de los derechos de las personas Lgbti. No parece que esta institución, conservadora por naturaleza, haya estado nunca del lado correcto de la historia y es improbable que vaya a estrenarse ahora. Lo que sí podemos pedirles, queridos patriarcas, es que no manipulen el debate, puesto que nadie está intentando que la Iglesia católica reconozca el derecho al matrimonio de las parejas del mismo sexo; lo que estamos pidiendo es que el Estado lo reconozca. Y eso es una gran diferencia. Ustedes podrán seguir no casando a personas del mismo sexo. Las familias cristianas van a poder seguir optando por “el diseño original de Dios”. Nadie se está metiendo con eso.

Cuando los Estados reconocieron el derecho al divorcio, la Iglesia católica usó los mismos argumentos que estamos escuchando ahora: un atentado contra la familia. Nadie le pidió en ese momento a la Iglesia que cambiara su dogma sobre la indisolubilidad del matrimonio. Lo que se quería y se logró, fue que en el ámbito civil el contrato matrimonial fuera disoluble. No le toca a la Iglesia reconocer derechos civiles, eso lo hace el Estado. Si la iglesia de nuestros padres y abuelos quiere trabajar en favor de los verdaderos problemas de las familias panameñas, puede contar con el respaldo de las organizaciones que luchan hoy por los derechos de las personas Lgbti, que son los mismos que tienen todas las otras personas.


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