A muchos les gusta el olor del papel. Algunos incluso se vuelven locos con él. Cuando compran un libro, se lo acercan a la nariz y aspiran intensamente mientras entrecierran los ojos. En ocasiones, gimen. Si entran a una biblioteca, inspiran a pleno pulmón como si estuvieran en alta montaña; luego extraen un viejo volumen del primer entrepaño e introducen en él la cara con la intención aparente de besarlo.
El olor del papel, en realidad, es olor a muerte. Y no me refiero a los efluvios químicos del papel de los libros nuevos, que huelen más o menos a un bistec de soya. Los libros viejos, justo esos de olor inconfundible, de hecho huelen a celulosa echada a perder. En otras palabras, apestan. Así que hay gente que pierde la cabeza por una pestilencia a muerte y ni siquiera lo sabe. Pero yo sí, porque en 2012 tuve que escribir un texto que contenía nociones de tipografía y me informé medianamente sobre estas cosas; desde entonces, el estudio de Enrico Fuschi, que es el templo del olor del papel, me da un poco de asco.
El estudio de Enrico Fuschi, director editorial de la bicentenaria Ediciones L’Erica además de mi jefe, se encuentra en el tercer piso de un edificio histórico en pleno corazón de Turín, uno de esos lugares infames en los que nunca lograrás estacionar un auto, y en los que los portones bajo los pórticos tienen interfonos de latón con pocos nombres y muchos números. No es un estudio enorme, sobre todo porque las estanterías de madera, que van del piso al techo y están sobrecargadas de nuevas ediciones (de ahí, pues, el olor), le quitan una superficie pisable equivalente a la extensión de toda mi casa. Tiene los pisos de grano de mármol con dibujos geométricos, algunas imitaciones de muebles de época y postigos de madera oscura tallada. Es viejo. Huele a viejo. Lo que quiere decir que es perfecto para ser el estudio del jefe de uno de los grupos editoriales más antiguos y consolidados de Italia. Dejemos a las imprentas de confianza las maquinarias imponentes y la modernidad de los softwares de formación y retoque fotográfico; dejemos a los almacenes de los distribuidores la atmósfera gélida de la luz de neón y de las naves; dejemos al open space de la secretaria, primera puerta a la derecha pasando el recibidor, la hilera de Apple de 27 pulgadas y los sillones ergonómicos. Este es el estudio del director editorial, y no hay nada de malo en mantenerlo igual desde hace doscientos años —salvo por la laptop de Enrico, que está abierta sobre el escritorio de madera, y los dos smartphones apoyados en lo alto de una pila de reimpresiones—.
La puerta se abre con el rechinido clásico que solo las puertas que son las mismas desde hace 200 años saben emitir, y entra un fulano de unos 50 años, alto, flaco, pero con el tórax en forma de pera, con saco y corbata, y anteojos de armazón sólido y cuadrado. Bien podría haberlos comprado en los años 1970 y no haberlos cambiado desde entonces, o bien podrían haber sido adquiridos hace tres días siguiendo la moda imperante de lo vintage, que justamente está volviendo a lanzar con gran éxito las monturas de los años 1970. Odio la moda vintage. Me estropea todas las deducciones. En este momento, por ejemplo, no sé si tengo frente a mí a un estrafalario intelectual que vive fuera del mundo o a un vanidoso galancete que pasa por una crisis de mediana edad.
El hombre avanza hacia el escritorio, detrás del cual, al mismo tiempo, Enrico Fuschi emerge para ir a su encuentro. Enrico es medio calvo y chaparro. Le llega al labio inferior. Se saludan de mano.
—Doctor Mantegna, encantado —dice mi jefe.
—Buenos días, licenciado Fuschi. Tome usted: le traje un pequeño regalo. —Coloca entre las manos de Enrico una lata cilíndrica de color azul y plata. Por la manera en que tanto él como Enrico la manejan, o es muy pesada o tiene dentro al Niño Dios.
—Un Bruichladdich de 16 años de añejamiento. Si le gusta el whisky, este es mi predilecto. Independientemente de cómo haya transcurrido el día, un trago en la noche no me lo quita nadie.
Dilema resuelto: galancete vanidoso.
—¡Póngase cómodo, doctor! —Enrico apoya la lata cilíndrica sobre el escritorio, haciéndole un espacio entre dos pilas de libros de bolsillo—. Y bien, ¿está contento?
—¿Por la entrevista? Por supuesto, qué decir. —Y abre los brazos como los sacerdotes cuando invitan a los fieles a la resignación—. Procuremos que todo salga bien.
Enrico deja escapar una de esas risitas que suelta cuando no tiene absolutamente ninguna gana de reírse:
—¡Ánimo! Le hemos conseguido una entrevista en Qué tiempos para el sábado en la noche, ¿y no se siente entusiasmado? Debería estar saltando de alegría.
—¡No, por favor! —se apresura a rectificar Mantegna—. Sé que es algo fantástico. Solo que, cómo decir… Yo soy un hombre de cultura, un académico, un investigador. Estas frivolidades, la televisión… no son terreno conocido para mí, ¿me explico?
¡Claro que no! En efecto, es típico de un neurocirujano que no gusta de frivolidades como la fama televisiva escribir —mejor dicho, permitir que alguien escriba en su nombre— un libro de divulgación cuyo título es Para vida animal no habéis nacido. Lo mejor del ser humano explicado a través de la biología, en el cual el lumbreras, que no pierde tiempo en agregar nada extraordinario, sino que se limita a hacer suyos y remendar estudios ajenos, promete demostrar por qué la empatía, la generosidad, la cooperación, etcétera, son impulsos biológicamente localizables en funciones específicas del sistema neuronal. Un tema interesante, en efecto. Y sobre todo muy de moda. El género del ensayo culto, pero ameno, perfecto para regalarlo en Navidad a los amigos que están interesados en programas de divulgación cultural. O para que te inviten a los programas de divulgación cultural.
Enrico finge no haber pensado lo mismo.
—Vamos, no tiene nada de malo ser popular. —Sonríe.
—Es una necesidad, sobre todo —suspira Mantegna como si el asunto le disgustara—. A veces, ceder un poco a la masificación es la única manera de conseguir la atención de las autoridades y la consiguiente asignación de fondos. ¿Cómo dicen en las películas? Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
Enrico esboza otra sonrisita falsa y decide cambiar de tema.
—¿Ya recibió usted las preguntas? ¿Qué opina?
—Qué le vamos a hacer —insiste Mantegna—. Yo me hubiera esperado algo más científico, pero no se puede pretender que el conductor quiera saber, qué sé yo, cómo y por qué debe actualizarse la catalogación tradicional de las áreas cerebrales de Brodmann, o la diferencia de respuesta a los estímulos visuales-motores entre las neuronas ordinarias y las neuronas espejo. Además, el nivel cultural de Qué tiempos no es tan bajo como el de tantos otros talk shows, de modo que no puedo quejarme.
—¡Qué extraño! A mí, en cambio, me parece que sí puede hacerlo —digo yo, y en ese momento ocurre algo extraño: Mantegna, que hasta ahora no se había percatado de mi presencia en lo más mínimo, da una especie de salto sin levantar el coxis de la silla, como uno de esos muñecos descoyuntados que rebotan con solo apretar un botón. Voltea de golpe en la dirección de la que proviene mi voz; es decir, hacia el rincón que está entre la puerta y el librero. Hay allí un pequeño sillón de terciopelo color verde, y en el sillón de terciopelo verde, con un libro viejo y apestoso entre las manos, estoy yo.
—¡Oh! ¡No la había visto! —exclama monsieur de La Palisse—. ¿Hace cuánto que está aquí?
Enrico contiene un suspiro. Yo sé que desde que concertó esta entrevista ha temido este momento. Teme que lo ponga en dificultades, y no puedo evitar estar de acuerdo con él.
—Doctor Mantegna, tengo el placer de presentarle a nuestra querida Vani, ehm, a la licenciada Silvana Sarca.
Mantegna titubea un instante. Ahora, también él es presa de un evidente dilema. No sabe si ponerse de pie y venir hacia mí a estrecharme la mano (dos posibles razones: 1, soy una señora y sería un gesto de educación; 2, soy la persona que escribió el libro que luego él firmó y gracias al cual su carrera ha ido en ascenso) o permanecer sentado en espera de que me levante yo (una buena razón: él es la estrella, y yo, una simple empleada de la editorial; es más, soy una de las menos populares, de la cual a nadie le gusta hablar).
Al final, decide permanecer sentado.
Yo también.
—De modo que es usted la famosa señorita Sarca, a quien yo le debo todo —comenta el lumbreras en un tono excesivamente burlón. Noto el “señorita” en lugar del “licenciada”.
Bien podría ofenderme, si para mí tuviese alguna importancia—. Bien, bien… Es muy joven, ¿eh? —Sonríe, dirigiéndose a Enrico, como si estuviese hablando de su perro. Pues no lo soy. Tengo 34 años. Pero, efectivamente, parece que tuviera 24. Es una gran ventaja, en teoría, pero la verdad es que en el trabajo es una gran molestia, porque hay una tendencia a que nunca nadie te tome en serio. Como ahora, por ejemplo—. ¡Ah, qué caray! —continúa Mantegna—, imagínense si se llegase a saber que el libro de un neurocirujano con 30 años de experiencia pasó por las manos de… de una muchacha tan joven.
Dice “pasó por las manos”, pero lo que la mente de los tres aquí presentes, incluido él mismo, traduce de inmediato es esto: “Fue escrito por”. Porque es exactamente eso lo que sucedió. A él se le ocurrió la idea del tema. Fue él quien me explicó en algunos confusos e-mails—no es una casualidad que sea esta la primera vez que me ve de frente— las líneas guía para el desarrollo de cada uno de los capítulos. También fue él quien me envió los passwords para acceder al archivo académico de las revistas científicas y quien me indicó los estudios que había que citar. Todo lo demás lo hice yo. Puesto que este es mi oficio: soy la ghostwriter de Ediciones L’Erica.
Pues bien, ¿qué es un ghostwriter?
Veamos.
Básicamente, un ghostwriter es una persona que escribe en lugar de otra que, no obstante, es quien firma el libro. Por ejemplo: un escritor que ha empezado a trabajar en televisión y ya no tiene tiempo para escribir su novela. Un cómico que quiere publicar toda una colección de monólogos pero no es capaz de escribir tantos a la vez. Un VIP que ha prometido publicar su propia autobiografía pero que escribe como un niño de seis años. O también: un médico que ha inventado una nueva terapia pero no sabe expresarse con la suficiente claridad como para explicarla en un artículo; un estadista acostumbrado a responder a entrevistas pero no a escribir algo ex novo; un empresario que debe aparecer en televisión pero es mejor que no hable porque destrozaría nuestra lengua inventando tecnicismos absurdos como branding, customizar, business-oriented y briefing. En casos como estos, los editores dicen sin pestañear: “Usted no se preocupe, será todo un éxito”, abren toda una lista de nombres de esclavos y, en ese momento, entramos nosotros en acción.

