Educación

Espartanos burgueses

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De joven tuve una instrucción militar. Instrucción que me dio mucho y quitó poco. Una organización militar funciona como reloj. También bajo ella vienen responsabilidades, y ninguna es para viajar gratis o saquear el país. La responsabilidad del mando es absoluta. No hay atajos para que el capitán de un barco diga “me equivoqué” o “lo siento”. No existe posibilidad, como la tiene un político, de que algo suceda y jamás tenga culpa de lo sucedido.

La educación militar tiene muchas ventajas. Entre ellas, la cooperación, el desarrollo de aptitudes individuales y la obediencia al superior, acompañadas de la limpieza y el orden. Creo, también ayuda a un joven a encontrar esa epifanía del significado de ser humano. En tiempos actuales una mujer sabe que es mujer cuando sangra. Además, secretamente se convierte en mujer madurando a un ritmo increíblemente más rápido que el varón. Un joven hoy no tiene idea de su posición en la sociedad ni cuando debiese abandonar el Nintendo y dejar de ser un famoso NINI (apócope de “ni estudia ni trabaja”. Tenemos un cuarto de millón de ellos, y miles más en formación, echados en sus casas mirando por la ventana a su vecina favorita.

En la antigüedad, la solución a este problema fue la guerra, arte maldito que fue perfeccionado por los espartanos. Desde los 7 años eran apartados de sus madres en el “agoge”, donde eran entrenados para una vida castrense hasta los 60 años. Esparta fabricó su mundo de hierro y fuego, convirtiendo a sus ciudadanos en temidos en el campo de batalla: nada fue más importante que el guerrero. Una sociedad fabricada con reglas desde cómo nacer, vivir y morir. Y ninguna era muy distinta a las otras. Parcos en el hablar, idearon su minimalismo de comunicación, llamado el laconismo, burlándose de la oratoria ateniense. No creían en la democracia ni les interesaba ninguna comodidad propia de las ciudades. Ellos eran la muralla de Esparta. Vivían para la guerra y en ella brillaban. Pero creo que el tiempo del guerrero murió, y con ello muchos de nosotros también.

La civilización mundial nos ha comprobado que un año de paz es más productivo para una nación que cien años de guerras. Después de las dos guerras mundiales y 200 millones de muertos, algunos aún sueñan con un ejército en Panamá. Todavía vemos a los pelaos con fusiles y espadas el 3 de noviembre. Y todo exmilitar aún trabaja en la clandestinidad para que retornemos al militarismo. Aducen que en ese tiempo había orden, que ningún político robaba. Sueñan con ese pasado nada glorioso, que solo existe en la imaginación de un ex hombre de armas.

Nuestros exmilitares traicionaron el honor de las armas. Se suponía que debiesen defendernos contra los tiranos. Ellos debieron haber sido los héroes de su patria. Y haber llevado el uniforme con honor hasta la muerte. Pero la mayoría no lo hizo. El militarismo en Panamá murió, no por falta de fondos o de jóvenes ávidos de probarse a sí mismos en las lides de Marte, y buscar un poco de aquello que aún en noches de luna y paz impulsan al guerrero a recodar a Leónidas en la soledad de las Termópilas.

El militarismo falló en Panamá porque fue un engaño a nuestro nacionalismo. Una burda forma de perpetuarse en el poder, amparados en las bayonetas. ¡Espartanos burgueses! les llamo yo. El proyecto de una escuela militar en Panamá es peligroso, y pudiese ser también un programa atractivo para los NINI. Enseñarlos a pensar, a entender que existe una disciplina. Toda una promesa en la creación de un Frankenstein moderno con valores ya perdidos. Difícil enseñarle a un joven justicia y honor, si como viejos fuimos nosotros los responsables de esta desgracia que azota a nuestra juventud. ¿Cómo podemos como nación tener una academia militar, enseñando la “no” guerra. Y salvar simultáneamente a estos jóvenes de la nada existencial, metiéndoles en la cabeza otros valores que son también necesarios para sacarlos de la bruma de un vegetal que no produce nada? La respuesta no es un dilema. Se llama educación moderna. Y ya existe, es común, excepto para Panamá y para el Meduca. El olvidado arte de enseñar de un maestro.

El autor es práctico del Canal

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