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SEGURIDAD NACIONAL

Espionaje

Berta Isla (2017), estupenda novela de Javier Marías, describe los traumas que una doble vida de agente secreto les produce a Tomás Nevinson, diplomático británico y a Berta, su mujer. Tiene como contexto el espionaje, eufemísticamente llamado “servicio de inteligencia”, una de las actividades más antiguas de la humanidad.

En A History of Diplomacy (2010), el profesor Jeremy Black explica la antigua interconexión entre la diplomacia y el espionaje. La recopilación de datos reservados es una de las funciones históricas del cuerpo diplomático. Por eso, muchas embajadas fungen como centros de acopio y transmisión de información clasificada.

Evidentemente, no todos los diplomáticos son espías. Los servicios de inteligencia emplean personal muy diverso y suelen clasificarse por su ámbito de acción. Unos se dedican a espiar en el exterior—como la CIA estadounidense y el MI6 británico—y, otros, internamente, como el MI5 en el Reino Unido y el hoy vapuleado FBI, al cual el presidente Trump acusa de no haber actuado para evitar la más reciente masacre escolar.

Por muchos años, Panamá ha sido lugar de recopilación y transmisión de información secreta. El istmo sirvió de base para operaciones muy sofisticadas de inteligencia de Estados Unidos, tanto de la CIA como de unidades militares de espionaje, como la brigada 470 de inteligencia castrense, la Oficina de Inteligencia Naval y la Agencia de Seguridad Nacional (National Security Agency, NSA), implicada pocos años atrás en un escándalo de espionaje masivo.

Estos organismos tenían agentes estadounidenses y panameños. Un memorándum del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos (14 de septiembre de 1977), desclasificado en 2001, afirma que Omar Torrijos trabajó como informante de la brigada 470. Por su colaboración, entre 1955 y 1970 recibió“incentivos” en efectivo y especie. Otros miembros de la Guardia Nacional también espiaban para Washington, entre ellos, Manuel Noriega, agente pagado de la CIA hasta la víspera de su derrocamiento (1989).

Estados Unidos no es el único país cuyos servicios de inteligencia han actuado (o siguen actuando) en Panamá. Antes de ambas guerras mundiales se hablaba de la presencia de espías alemanes en nuestro territorio. También se señaló a Japón de llevar a cabo operaciones encubiertas en años anteriores a 1941.

Durante la guerra fría se aducía que algunos comunistas panameños proveían datos a la Unión Soviética y China. En Tiempo de tiranos (1990), Richard Koster y Guillermo Sánchez Borbón explican cómo, a partir de 1968, la dictadura militar convirtió el espionaje en uno de sus negociados, permitiendo operaciones encubiertas de organizaciones subversivas, así como de agentes de Cuba, Israel, Libia y otros países. En The Noriega Mess (1995), el profesor Luis Murillo amplía los detalles de esta confabulación.

En la actualidad se alude a actividades de inteligencia de Colombia, Venezuela, Rusia y China, al igual que a actuaciones de algunos comerciantes en favor de grupos extremistas. El inicio de relaciones diplomáticas con China, ciertamente, permitirá ampliar las actividades de inteligencia de ese país en Panamá.

Así como se ha sofisticado y diversificado el espionaje extranjero en nuestro territorio, las capacidades de vigilancia encubierta del Estado panameño han aumentado. La Policía Secreta Nacional, establecida en 1941, transmutó en el Departamento Nacional de Investigaciones (DENI, 1960), Policía Técnica Judicial (PTJ, 1990) y Dirección de Investigación Judicial (DIJ, 2007). Además, tras la creación de la Guardia Nacional (1953), con apoyo estadounidense se instauró allí la siniestra oficina de inteligencia militar (G-2).

El G-2 se suprimió en 1990, con la abolición del Ejército, pero ese mismo año se creó el Consejo de Seguridad Pública y Defensa Nacional, cuyas facultades fueron ampliadas en 2008 y, posteriormente, en 2010 y 2016. Tan escandalosas fueron las interceptaciones ilegales, con fines políticos, llevadas a cabo por este consejo, que por ellas se mantiene en detención en Estados Unidos, con fines de extradición, al expresidente Ricardo Martinelli.

Mientras tanto, quienes realizaban los pinchazos siguen “prófugos” y la ciudadanía, justificadamente, se pregunta si continúan las escuchas, a cargo de organismos de seguridad cada vez más militarizados, que operan al margen de una débil institucionalidad democrática. Como lo expone Berta Isla, el espionaje tiene fuertes implicaciones personales, por lo que el Estado debe controlarlo para evitar atropellos a la libertad individual.


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