CREANDO CONCIENCIA

Estigma y salud mental

Estigma y salud mental
Estigma y salud mental

Estigma es cuando atribuimos una etiqueta de deshonra a una circunstancia específica, cualidad o persona. En el caso de la salud mental, lo podemos observar a nivel individual en el lenguaje o los calificativos que utilizamos para describir a las personas que sufren de algún trastorno emocional - que requiere ayuda de un psiquiatra o psicólogo -, cómo los tratamos con desdén o distancia, cómo les negamos oportunidades, a nivel de estado, cómo los gobiernos designan menos presupuesto para su investigación, prevención y tratamiento.

El estigma es reflejo de ignorancia y se inicia con la falta de conocimiento que genera creencias no científicamente comprobadas, lo que a su vez hace que se desarrollen prejuicios y discriminaciones. Por ejemplo, la idea de que todos los que sufren de enfermedades mentales tienden a ser inestables y violentos.

El miedo a ser discriminadas hace que las personas eviten comunicarles a sus allegados lo que están experimentando. Se les hace más difícil buscar ayuda profesional, lo que afecta en su recuperación. El sentirse mal y diferentes les hace separarse y sufrir solos. Por último, el no recibir tratamiento les dificulta relacionarse, ser productivos en su trabajo y, al paso del tiempo, les aumenta el riesgo de desarrollar complicaciones mayores y la conducta suicida.

El estigma nos afecta a todos. Lastimosamente, el estigma, los prejuicios y la discriminación están arraigados en las sociedades, y no se desarrollan suficientes campañas de educación sobre la salud mental y no se le da la importancia que se merece.

Otra muestra de estigma es el creer que la persona con dificultades de salud mental es responsable de lo que le ocurre y que debe poner de su parte para curarse. Por otro lado, si no se les culpa a ellos, se culpa a sus padres, quienes son vistos como malos o incapaces, cuando la neurociencia nos enseña que la verdad es que muchas de las enfermedades mentales tienen un origen fisiológico como las enfermedades físicas o un origen cognitivo. Nadie es juzgado por sufrir de artritis reumatoide o cáncer, muy por el contrario a lo que ocurre en el caso de las enfermedades mentales cuando la enfermedad se llama depresión o trastorno de ansiedad. Si bien existen dificultades emocionales que resultan de las interacciones con sus seres queridos, necesitamos ser empáticos con esos cuidadores que no tienen los conocimientos apropiados para ayudar a sus hijos a lidiar con la vida diaria y con sus emociones, ya que los padres de estos cuidadores tampoco tuvieron la oportunidad de adquirir los conocimientos necesarios para entender y contener las conductas de sus hijos. El apoyo y la educación son la solución, no el aislamiento o el juicio.

Patrick Corrigan, pionero de las investigaciones sobre estigma y sus efectos, dice que este debe ser enfrentado a través de un movimiento social importante y sostenido que comience con educar a la población en general sobre salud mental. ¿Por qué debemos erradicar el estigma de la salud mental? porque entender sus causas, los síntomas y los impactos no solo mejora la vida de quienes los experimentan, sino también la economía, la convivencia de las familias y la comunidad en general.

El estigma afecta cada esfera en la recuperación del individuo. Con frecuencia una vez establecido un diagnóstico y un plan de tratamiento, lo que sigue lógicamente es el inicio de dicho proceso. Ahí claramente se manifiesta nuevamente y abruman preguntas como ¿qué significa ir a ver a un psicólogo o psiquiatra de manera regular? ¿Qué pasa si alguien se entera? ¿Qué van a pensar de mí o de mi familia? ¿Me afectará profesionalmente? Por esto, al recibir un diagnóstico de salud mental muchas veces la misma persona y sus familiares pueden sentirse “menos” o sentir vergüenza o culpa de algo que es tan producto del rejuego de la genética y el ambiente, como cualquier otra condición médica. Olvidan en ese momento que como puede fallar el corazón o una articulación, también ocurre así en la delicada química y el funcionamiento del cerebro humano.

Pasada esta etapa, entonces el siguiente reto es el de tomarse el medicamento o medicamentos prescritos si esto es parte del tratamiento. Por ejemplo, a pesar de la información científica disponible hoy día que demuestra que un robusto 70% de las personas responden al primer tratamiento sugerido para el trastorno depresivo, las personas dudan mucho más en tomar estos que un antibiótico. Sin dejar de mencionar que precisamente por el estigma, se esconde con frecuencia o se interrumpe antes de tiempo. Cualquier malestar se le atribuye al medicamento, más allá de lo que puede ser un efecto secundario, que todos los medicamentos, no solo los psicofármacos pueden causar. Todo esto no hace más que poner en evidencia cómo el estigma perjudica un tratamiento que puede mejorar y salvar vidas.

La enfermedad o la falta de salud mental en el planeta es el causante de grandes pérdidas económicas y afecta de manera extraordinaria la calidad de vida de la gente, sin embargo, tiende a quedarse rezagado en los presupuestos a nivel global. En gran parte debido al estigma asociado a este tema. Es hablando, informándose, compartiendo a nivel personal y local que podemos romper con las ataduras y el miedo.

Nadie elige sufrir de ataques de pánico, depresión, trastorno bipolar o adicciones, mucho menos padecer de esquizofrenia. Así como un porcentaje de la población padece de hipertensión, diabetes o cáncer, así mismo otros son afectados por enfermedades neuropsiquiátricas; todas las enfermedades, visibles e invisibles, son parte de la vulnerable condición humana.

Cuando escuche que alguien batalla con temas de salud mental, ofrezca la misma comprensión y apoyo que daría ante cualquier otra condición médica. La química del cerebro no es tangible como sería un hueso fracturado, pero cuando se afecta, los resultados son tan dolorosos como tratables, no permitamos que el estigma añada más dolor a una situación médica que tiene tratamientos eficaces y basados en evidencia científica.

Edición Impresa