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HAZAñAS HISTóRICAS

Fútbol, periodismo y literatura

La celebración del primer gol del equipo panameño en la Copa Mundial de Rusia llamó la atención de muchos aficionados. Para algunos seguidores del fútbol internacional resulta difícil entender que el único gol del onceno panameño en el juego contra Inglaterra (24 de junio) fuese motivo de celebración frente a una pérdida de 6 a 1.

Esta actitud de celebrar los hitos alcanzados, a pesar de derrotas inmediatas o retrocesos temporales, puede trasladarse a otros ámbitos de nuestra experiencia vital. Cuando la aplicamos más ampliamente como respuesta a los fenómenos sociales, puede servir de motivación para obtener beneficios colectivos y mejoras en nuestra condición de vida.

En momentos críticos para la prensa escrita, cuando algunos auguran el fin de los medios impresos, es oportuno recordar los retos enfrentados por el periodismo desde sus inicios en Panamá en 1820. La Miscelánea del Istmo, el primer periódico istmeño, comenzó a publicarse ese año contra todo pronóstico de éxito, a partir de la introducción—casi que de contrabando—de la imprenta a Panamá, bajo circunstancias de represión política y elevadísimos niveles de analfabetismo.

La Miscelánea alcanzó a publicar pocos números, pero abrió las puertas a nuestro periodismo crítico, mordaz y valeroso de los siglos XIX y XX que contribuyó invaluablemente a la concienciación ciudadana en torno a los grandes problemas nacionales. En sus 200 años de existencia, el periodismo panameño ha superado enormes desafíos, sobre todo relacionados con el abuso de poder y la violencia oficial.

En sus períodos más difíciles—los años de la “regeneración” colombiana (1886-1903) y la dictadura militar (1968-1989)—nuestra prensa escrita subsistió gracias al compromiso inclaudicable de meritorios compatriotas con la libertad de expresión. Contribuyeron a mantenerla viva y a escalar peldaños de superación personajes como el poeta mártir, León Antonio Soto (1874-1902), durante el régimen colombiano y, durante la autocracia castrense, las mujeres del periódico clandestino El Grito, al igual que paladines de la libertad y el derecho como Carlos Iván Zúñiga (1926- 2008), Alberto Quirós Guardia (1928- 2015) y Miguel Antonio Bernal (1949-), entre muchos otros.

Para nadie es un secreto que la prensa escrita en Panamá y el resto del mundo vive momentos muy críticos, frente a los retos que le plantean los nuevos medios de comunicación social. En las proximidades del bicentenario del periodismo panameño (2020), que debe conmemorarse con especial entusiasmo, conviene que repasemos estos y otros logros alcanzados a lo largo de 200 años que, como el gol panameño en el Mundial, inspiran y entusiasman.

En la coyuntura crítica que vive la prensa escrita, su gran aliado es el hábito de la lectura, que debe inculcarse, difundirse y promoverse con el mayor ahínco. Poderoso vehículo de redención de la humanidad es la lectura, como lo han declarado los más grandes pensadores.

Uno de los instrumentos más eficaces para la difusión de este hábito es, indudablemente, la literatura infantil. En momentos en que nuestra sociedad necesita, urgentemente, mayor propagación de esta práctica, a fin de aumentar el nivel educativo y cultural de la sociedad, es desalentadora la revelación de que una ganadora de certámenes literarios ha cometido plagio reiteradamente.

Semejante descubrimiento menoscaba el prestigio del país, contribuyendo a fortalecer estereotipos sobre la poca seriedad, la inclinación por la trampa, la conducta chapucera y la mediocridad de los panameños. Siguiendo el ejemplo de los hinchas panameños en Rusia, sin embargo, es oportuno usar esta ocasión no solo para sanear y profesionalizar los concursos literarios, sino—además—para recuperar, celebrar y diseminar los aportes panameños a la literatura infantil, desde el estreno de La cucarachita mandinga de Rogelio Sinán, musicalizada por el maestro Brenes, 80 años atrás (8 de diciembre de 1937).

A esa labor están abocadas la Asociación Panameña de Literatura Infantil y Juvenil, que dirige con mucha mística Irene Guerra de Delgado, así como otras organizaciones y creadores literarios como la poetisa Lil María Herrera, quien ha hecho de la labor de “cuenta cuentos” entre los niños una misión estimulante y desinteresada. En momentos críticos para el periodismo y la literatura panameña, una alianza entre ambos sectores, fortalecida por el optimismo característico de la fanaticada panameña en el Mundial, contribuiría a promover objetivos beneficiosos para ambas actividades y convenientes a la colectividad.

El autor es politólogo e historiador y director de la Maestría en Relaciones Internacionales en FSU, Panamá.


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