Ya en la década del 70 del siglo pasado, cuando me desempeñaba como docente formadora de maestros en el Instituto Rubiano de San Miguelito, surgía entre los grupos la obligada discusión sobre el tema de la mística en el educador. “Ya eso pasó de moda”– expresaban algunos estudiantes. “Esta es una profesión como cualquier otra”– argumentaban otros. “Debemos luchar por mejorar nuestros salarios y nuestras condiciones de trabajo”– afirmaba la mayoría. Esa es una realidad indiscutible, concluíamos.
Es cierto que el educador no puede renunciar a sus luchas reivindicativas, pero teniendo en cuenta que esta no es una profesión como cualquier otra. Su objeto de trabajo no es la construcción de un edificio, tampoco es el diseño de un mueble o la producción de la tierra, por ejemplo. Su objeto de trabajo es la formación integral de un ser humano; diferente cada uno de los otros; con sus virtudes, sus debilidades, sus fracasos, sus éxitos, y como si fuera poco, inmerso en un complejo entramado social.
En consecuencia, la única posibilidad que tiene el educador de alcanzar logros en su delicada tarea, es imprimiendo a su diario quehacer una incalculable dosis de mística.
Este propósito individual del educador necesita estar inmerso dentro de un sistema educativo científico y debidamente planificado, que responda a un plan macro de desarrollo nacional.
Hagamos un breve paréntesis para reflexionar sobre el único intento que tuvo nuestro país de llevar adelante un sistema educativo integral, que se llamó la reforma educativa; borrada de un plumazo en 1979, sin tener nada previsto que la reemplazara, lo que ha significado cuatro décadas de rezago en la educación nacional.
Es por eso que durante la celebración del Día del Educador Panameño no podemos soslayar que las circunstancias en las que le corresponde desempeñarse son adversas; y por eso es propicio el momento para exhortarlos a continuar adelante con su titánica y noble misión, imprimiendo esa necesaria dosis de mística, que les permitirá seguir formando a esas generaciones que tendrán la delicada tarea de enrumbar el destino de la Patria.
Sabemos que hoy en todos los ámbitos del país seguirán vibrando en las fibras más recónditas del corazón del docente panameño esos versos del Himno al Maestro, cuyo coro dice:
“Gloria al ser abnegado que cuida
con amor de la Patria, salud,
al que pone la luz de la vida
en el alma de la juventud”.
Sin lugar a dudas, esa mística seguirá siendo motor para que cada educador siga aportando lo mejor de sí. En la educación panameña lamentablemente prevalece la práctica del ensayo y error y se siguen importando fórmulas educativas extranjeras que nada tienen que ver con nuestra realidad. Son prácticas cotidianas, en un sistema que ya no resiste más parches.
La autora es educadora jubilada