ESTADO DE DERECHO

Hacer justicia

Desde el inicio de nuestros días, para los seres humanos que mantenemos la fe como principio básico, tratar de lograr que se haga justicia en cada escenario de la vida en que nos desenvolvemos es una lucha constante.

La cruel realidad que nos retrata aquel viejo pensamiento de Tomás Hobbes que reza: “el hombre es lobo del hombre”, nos indica que algunas personas que poblamos la Tierra, cuando nos encontramos en la parte de abajo de la rueda de la carreta, actuamos, luchamos y reclamamos por la justicia, de forma muy distinta a cuando estamos en el vértice superior del eje. Situados en tal lugar, aprendemos a justificar las injusticias.

Entre los principios básicos que debe poseer todo juzgador o representante de la justicia están: Valor para los actos, imparcialidad, independencia, reservas en decisiones, conocimiento y yo agregaría, una gran dosis de conciencia.

La mayoría de las actuaciones que se observan en el escenario jurídico nacional e internacional, nos indica que estamos viviendo uno de los peores momentos para la justicia. Actos irresponsables que en algunos tiempos se imponían por vía de la fuerza de las armas, hoy se logran ejecutar a través del dinero y la influencia. Este panorama pone a muchos jueces a vivir en el filo de estar a la vez con Dios y con el diablo, como única forma de garantizar mantenerse en el cargo.

Para el ciudadano de a pie, igual que para el abogado de “saco sudado”, cuyo esfuerzo en litigar y lograr que sus casos o defendido logren vencer por vías del derecho y la imparcialidad, se constituye en un revés y un engaño cruel, cuando encuentran sentencias ligadas a grandes dosis de privilegios y que riñen contra los principios extraídos de los textos y lecciones en las cátedras recibidas en las aulas de las facultades de derecho de las distintas instituciones educativas.

Aquel cacareado concepto de que la “justicia debe estar sobre el derecho”, se convierte solo en una expresión más. Letra muerta son las normas y la Constitución Política, las cuales, pareciera están clavadas a una columna de madera de un viejo caserón de una casa condenada; igual que los pensamientos filosóficos que algún denodado jurista encontró bueno en el camino de su superación, pero que este desechó urgentemente por el resumidero, cuando le ofrecieron un cargo de fiscal, juez o magistrado.

Más de 22 mil almas se han graduado y registrado en los últimos tiempos como abogados en nuestra sufrida patria, formados en las distintas universidades y el estado de la justicia es deprimente. Pero lo más preocupante es el poco me importa de tantas organizaciones, que muchas veces se convierten en cómplices por omisión.

Universidades, algunas buenas y otras ramplonas, cuyo propósito “supuestamente” al formar a los futuros abogados, era llevar a través de ellos la luz al lego, al profano, al desconocedor de las normas, ya que la palabra advocatus en latín, proviene del concepto: “el que conoce” o “el que viene a auxiliar”. Pero se necesita más conciencia, más talento y menos mercenarios solo del conocimiento del derecho, que haga posible que la justicia sea el sitial de honor de todo profesional y no un deslizadero en donde se embarra de lodo todo lo que existe y predomina el más limoso.

Estoy convencido de que el sabio Salomón, Confucio, Gandhi o Bolívar, lo que menos tuvieron de cerca fue un título de abogado, pero les sobró el valor para comprender que, con lógica y sentido común, aunadas a una gran dosis de valentía para actuar por encima de las ambiciones, lograron emitir los mejores fallos, sentencias y pensamientos que han quedado lapidarios para la historia.

¿Cómo es posible que el que conoce y que viene supuestamente a auxiliar la ecuanimidad y se ha dado perfecta cuenta de cómo anda el curso de la justicia y sus instituciones; arrastrada, vilipendiada y convertida en la vergüenza nacional y no haga nada? Solo se deja arrastrar por la oscura corriente existente. ¿Por qué seguimos permitiendo tanta corrupción e irresponsabilidad judicial?

El deber de enrumbar el verdadero Estado de derecho es una responsabilidad de todos, desde cualquier trinchera. No esperemos que la lucha nos la hagan otros y vivir solo como si fuésemos parásitos.

El autor es politólogo


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