Religiosidad

La JMJ y la visita del papa Francisco

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La celebración de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) ha generado legítimas preocupaciones en la ciudadanía responsable. En primera instancia están las consideraciones más elementales, relativas a nuestras posibilidades para recibir de golpe a miles de visitantes.

Panamá es un país con infraestructura obsoleta y en mal estado, cuyo sector público no se destaca, precisamente, por sus destrezas organizacionales ni su gestión de riesgos. Un evento de semejante magnitud desborda, con creces, las capacidades del Estado panameño lo que, como mínimo, acarreará un aumento en las incomodidades que diariamente enfrenta la población.

Los riesgos sanitarios son motivo de consideración, en vista de los problemas del alcantarillado y el suministro de agua potable, la intensidad del sol en la estación seca y el potencial de contagio de enfermedades. Los riesgos de seguridad son igualmente considerables, tomando en cuenta la proverbial ineficiencia de los controles migratorios, ya colapsados en los momentos en que escribo.

¿Cuántos maleantes se colarán entre los peregrinos—y cuántos intentarán permanecer acá—agravando aún más la inseguridad ciudadana? Ninguno de estos es asunto de menor cuantía. Tampoco lo es el impacto político de la JMJ en un año electoral, a lo que esta sociedad, en que escasea el pensamiento crítico, ha dedicado muy poca reflexión.

El papa Francisco, quien recibirá hoy la más cálida bienvenida, es un personaje mundial de gran influencia. Su autoridad moral proviene de tres fuentes: es el máximo dirigente de la Iglesia católica, la organización transnacional más antigua de la humanidad; es el soberano de la Santa Sede, un Estado minúsculo pero de gran presencia y relevancia diplomática, y es un líder religioso muy carismático.

Como bien lo expuso el sociólogo alemán Max Weber y como hemos podido comprobarlo en las diversas giras del papa, el carisma de un personaje de esa talla irradia y abarca a las personas que lo acompañan. Se trata de un fenómeno de psicología política, muy conocido por comunicólogos, forjadores de imagen y los propios políticos, que se esmeran por aparecer ante las masas al lado de figuras celebérrimas.

En Colombia, para no ir tan lejos, la presencia del pontífice ayudó a lavarle la cara a uno de los más cuestionados presidentes. Juan Manuel Santos repuntó en la estima popular y su incompleto y problemático plan de paz obtuvo mayor legitimidad y aceptación en el extranjero gracias a la visita del papa, lo que le allanó el camino hacia el premio Nobel (el verdadero interés del ambicioso mandatario).

Por ese y otros motivos, es conveniente que el santo padre y las personas de su entorno evalúen cuidadosamente a qué países acuden y con qué individuos se dejan ver, de manera que eviten situaciones de aparente condonación, apoyo o legitimación de políticos corruptos o violadores de los derechos humanos que la Iglesia católica se ha comprometido a proteger y promover, según el catecismo (ver párrafos 1929-1933).

Como en todas sus giras, el papa Francisco trae a Panamá un mensaje positivo y edificante. Mi deseo más profundo, como el de muchos panameños, es que su visita inspire una renovación moral que alcance no solo al degradado ámbito político. En ese desprestigiado espacio, los apetitos más básicos y crudos han apartado todo contenido programático y desplazado la orientación al bien común que plantea como un desiderátum la doctrina social de la Iglesia católica.

También en la propia Iglesia panameña es necesaria esa renovación. Entre los feligreses, como lo indica el catecismo (1427), la conversión y la reanudación de compromisos con los valores cristianos es tarea recurrente.

En el clero, la necesidad de mejoramiento y reforma es evidente. Algunos sacerdotes y obispos están más preocupados por la ostentación, la figuración, la superstición y la acumulación de poder que por esparcir y poner en práctica las enseñanzas de Jesús de Nazaret, quien rechazó el poder en todas sus expresiones.

La conducta reprochable no es ajena a algunos religiosos. Entre otros, una deplorable formación se manifiesta en sermones ridículos e insensatos, consejos desatinados y actuaciones indecorosas. Que la permanencia del papa Francisco en nuestro istmo estimule a los panameños, creyentes o no, a emprender la urgente rectificación que reclama la república.

El autor es politólogo e historiador y director de la Maestría en Relaciones Internacionales en Florida State University, Panamá

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