La decisión de la Cámara de Representantes federal de aprobar solo con votos republicanos un proyecto para “anular” las medidas de regularización de inmigrantes indocumentados decretadas por el Presidente de Estados Unidos revela un alto grado de obstinación, por no decir de obsesión con el tema. Se trataba de un voto simbólico que no repercutiría sobre la medida ya que el proceso real de anulación sería mucho más complicado.
No es necesario simpatizar con el actual ocupante de la Casa Blanca o considerar como acertada la decisión de utilizar su autoridad ejecutiva en este asunto para comprender hasta qué punto varios sectores han obstaculizado los intentos de solucionar uno de los mayores problemas que confronta hoy la nación norteamericana.
Por un lado, el Presidente ha vacilado y demorado en hacer algo realmente efectivo para resolver esta crisis inmigratoria y su partido –el Demócrata– no aprovechó con firmeza los años en los que disfrutaba no solo del control de la Casa Blanca, sino también de una mayoría en ambas cámaras legislativas. Después de hacer esas afirmaciones y reconocer que también los líderes demócratas han fallado en estas materias, deseo reiterar que el liderazgo republicano ha demostrado un grado de obstinación increíble con su abierta oposición a aceptar el más mínimo intento de resolver el problema.
El liderazgo republicano no ha demostrado deseos de enfrentar la realidad. Si lo hubiese hecho, habría mejorado su imagen en la comunidad hispanounidense, ya que esta le ha negado sus votos mayoritariamente en casi todas las elecciones de las últimas décadas. Cuando el liderazgo republicano actúa así, da la impresión de que no tiene en cuenta el sufrimiento de millones de personas que echaron su suerte con este país y que contribuyen con su trabajo a hacer crecer su economía.
Nadie pretende legalizar a todos los indocumentados o abrir las puertas a todos los inmigrantes. Ni siquiera una nación tan poderosa puede hacerlo sin pagar un alto precio. En otras geografías hay corrientes de inmigración que no son compatibles con la cultura e identidad nacional y muchos países no tienen el vasto territorio de que dispone Estados Unidos o el tamaño gigantesco de su economía. Pero el caso estadounidense es muy diferente: no puede aceptarlos a todos, pero necesita a los millones de inmigrantes, “documentados” o no, que han residido y trabajado en su territorio por muchos años.
Mucho peor que no tomar las medidas correctas o demorar la legislación adecuada es obstaculizar abiertamente cualquier intento del poder Ejecutivo o del Legislativo para aliviar una situación tan penosa y que afecta la economía nacional.
Un congresista demócrata lo expresaba de la siguiente manera: “No es solo la fantasía de que el Congreso podrá destinar suficiente dinero para encarcelar y deportar 11 millones de personas y sus familias, pero también la fantasía de que [una simple medida sin posibilidad de ser adoptada o tomada en serio] se convertirá en ley”. Luis Gutiérrez estaba refiriéndose con sus palabras a una “pura fantasía”.
Si la oposición republicana, que desde el próximo mes de enero controlará ambas cámaras del Congreso, desea demostrar que toma en serio el problema inmigratorio, deberá aprobar, con o sin apoyo del otro partido, una ley destinada a buscar soluciones y no a obstaculizarlas, como se ha intentado hacer con este paso altamente simbólico que solo puede tener como resultado provocar el rechazo de la mayoría de los hispanounidenses.
Ciertamente “…la razón se vuelve inútil” cuando un partido político, llámese Demócrata o Republicano, convierte en adversarios permanentes a decenas de millones de votantes, simplemente por mostrar su oposición sistemática a un Presidente, muy imperfecto quizás, o a un partido rival con errores, a la vez que contribuye a dañar no solo su imagen sino también la economía y la convivencia en un país que siempre ha aspirado a ser un ejemplo para el resto del planeta. Triste obstinación.