A ver si adivinan quién es el autor: “Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando el país. La virtud, el honor, se han esfumado de nuestras vidas”.
Apuesto todo a nada a que mis lectores jamás lograrán conocer la identidad del autor de la frase anterior y podrán remitirse a célebres e ilustres personajes, pero seguiré apostando todo por nada.
Ahora bien. Despejemos la incógnita. El autor del pensamiento ya citado fue el legendario mafioso Al Capone en una entrevista para la revista Liberty el 17 de octubre de 1931.
Capone entendió bien el ambiente que lo rodeaba y nosotros, aquí en Panamá, todavía estamos esperando que una fuerza divina alivie nuestros pesares y que no tengamos una justicia que se venda, un Legislativo transparente y presidentes que solucionen dejando de lado intereses particulares y familiares.
Pretendo iniciar esta columna con la intención de plasmar la galopante hipocresía que se observa cuando bajo potentes luces y cámaras de televisión y periodistas de medios escritos y radiales, se esfuerzan por cubrir un evento donde es presidido por el representante de la Iglesia, observando complacidos a encumbrados personajes políticos firmar un Pacto de Ética y Moral.
Una vez culminado el evento, los firmantes se disponen a sacar brillo y filo a los cuchillos con el afán único de atacar a sus adversarios. Uno y otros sudan como cuero de caballo trapichero porque saben que lo que viene en camino no son consejos celestiales y, por el contrario, andanadas de toneladas de basura se concentrarán en la vida pública y privada de los candidatos.
Lo que expreso en este escrito es una realidad que se ha dado en anteriores campañas políticas. Muchas reputaciones han caído en oscuras profundidades, y lo peor es que ha afectado a muchas honorables familias.
Jamás estaré de acuerdo en mancillar reputaciones porque valoro muy bien el aspecto positivo que muchas organizaciones de mi país están caminando sin afán de lucro por lograr mejores días para las generaciones futuras.
Estamos en una nave en la que no somos pasajeros porque todos somos tripulantes. Anclemos en puertos seguros lejos de nocivos elementos que contaminan y exterminan sociedades enteras.
El autor es periodista
