Escribir creativamente es una manera de completar el mundo, de añadirle significados que seguramente antes no estaban ahí, porque no habían sido pensados o sentidos por nadie de la forma única en que ahora lo son. También es una manera, sin duda maravillosa, de explayar la imaginación, permitiéndole ser ella misma sin tapujos, del todo libre e inventiva, hallar sus propios límites, intentar romperlos, para poner de relieve lo que en el mundo de las posibilidades podría ser. Posibilidades que el escritor maneja como si fueran hechos tan reales y tangibles como la tosca silla en la celda de un monje trapense o la figura apacible de un niño dormido en su cuarto, figuras que simultáneamente son capaces de poblar con su verosimilitud una misma escena superpuesta o varios segmentos secuenciales de alguna obra suya o ajena.
Igual sucede con los sueños. Porque si la ensoñación es por definición el momento del soñar –imaginar— despierto, soñar dormido es el lapso en que, en otro nivel, pero pareciendo tan real como el estrato primario original, todo será también posible, por más disparatadas que puedan parecer en su momento las escenas soñadas. Y el escritor, cuando le conviene, echa mano de ambas vivencias -o solo de una- con el mismo compromiso de plasmación de realidad que en su obra tiene cualquier otra de sus escenas. Lo que importa, finalmente, es la naturalidad con la que se presenten, el grado de verosimilitud que el autor logre imprimirles. Y eso nada más lo da el talento; y por supuesto, un largo aprendizaje en el que la disciplina que proviene de intentos escriturales previos y el hábito de la buena lectura resultan fundamentales.
Cuando las fuerzas ocultas se desatan en un escritor al momento de crear, es perfectamente factible que mediante el movimiento concertado de sus dedos desplazándose súbita y febrilmente sobre el teclado, la imaginación no solamente sea, en efecto, la consabida “loca de la casa”, sino que, literalmente, se convierta en toda una gran casa enloquecida. Una casa, se entiende, concebida como mundo propio, único, intransferible, henchido de sí mismo.
Porque a veces es tal el ímpetu emocional o la irracionalidad capaz de crear imágenes con la magia de las palabras; o el desparpajo intelectual que nos guía al írseles dando vida como si fuéramos auténticos magos o posesos, o como médiums a través de quienes “alguien” o “algo” dictara sin pausa la articulación precisa de situaciones, atmósferas y personajes muy particulares que poco a poco cobran vida en el texto, que entonces el novelista o cuentista que somos, seducido desde adentro, acepta casi sin saberlo el reto de ese mundo íntimo súbitamente desatado.
Y entonces, sin escatimar palabras en ese primer rapto de creatividad extrema el creador termina, como reza el refrán, tirando la casa por la ventana. Lo cual supone darle rienda suelta a los impulsos creativos sin medir límites ni ponderar prejuicios ni cortapisas al escribir.
Todo esto implica, qué duda cabe, un fuerte grado de intuición, de automatismo, de instintividad, incluso de sana improvisación, cuya única rienda es la natural fluidez que caracteriza al lenguaje. Al lenguaje de la escritura. Un lenguaje que consciente o inconscientemente se mantiene en secreta sintonía con el ser interior, con la vivencia íntima, con los deseos y las fobias, con los recuerdos enterrados que de pronto afloran, con el anticipo de situaciones de algún modo posibles…
Ya después, en un segundo momento, tal vez un tiempo después, cuando la calma se instala en el ánimo de quien crea, solo entonces se revisa, se pule, se reescribe en busca de la mayor perfección posible de forma y contenidos.
El autor es escritor
