[CONSUMO]

Religión del capital

Ni cristianismo ni islam ni budismo… la religión que predomina en el mundo es el capitalismo y sus dioses, el euro y el dólar. Millones de “fieles” sufren cada día por algún problema de dinero. Pero, ¿es este tan importante? Vivimos inmersos en un continuo flujo publicitario que día tras día trata de vendernos cientos de objetos materiales que en verdad no necesitamos. Gran parte de ellos ni siquiera se venden por su utilidad, sino por la representación emocional y social que tienen. Colonias para enamorar, coches con los que demostrar un cierto estatus… Se nos ha impuesto un estilo de vida que gira en torno al consumo insaciable. Una propaganda consumista que hace que siempre queramos más y nunca lleguemos a estar satisfechos con lo que tenemos.

Millones de euros se invierten al año en enormes campañas de publicidad para mantener en expansión este crecimiento económico y que predomine la idea de desear más de lo que se tiene. Por ello es fundamental para el sistema que, como personas, nos sintamos en una continua insatisfacción: vivir para trabajar, trabajar para consumir.

El gran mito de nuestra sociedad es que el bienestar, la riqueza, la plenitud y la abundancia se encuentran en un plano exterior, fuera de nosotros mismos. De esta forma desconectamos de nuestro ser, de nuestro “yo interno”, el único lugar donde reside la verdadera felicidad. Cuanto mayor es la desconexión de nuestro ser, lo es también la sensación de insatisfacción, escasez y pobreza. Lo que hace a su vez la necesidad de acumular más dinero.

Desde nuestra infancia, y condicionada sobre todo por nuestra familia, hemos establecido una relación con el dinero de una forma inconsciente. Algunos programados para gastarlo todo y otros para ahorrarlo. Se dice que “el dinero corrompe” y que es “la raíz de todos los males”. Sin embargo, como objeto inerte no es bueno ni malo, es un medio de intercambio neutro. Somos nosotros los que cuando nuestro poder adquisitivo se incrementa, enseguida nos acostumbramos a nuestra nueva posición social y económica. Y al cabo de poco tiempo, el deseo se vuelve más feroz y queremos más y más.

Una fe ciega que corrompe al ser humano y le impide ver lo que importa. Por ello es fundamental ser conscientes de que la felicidad no llega en un reloj caro o en una joya, sino que está en nosotros mismos. Debemos aprender a conectar con nuestro ser, disfrutar de las pequeñas cosas que nos gustan y no cuestan dinero, y sobre todo, valorar el simple hecho de seguir vivos.


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