No he visto ni escuchado a ningún precandidato o candidato a la Presidencia de la República exigirle a los diputados de sus partidos que expliquen el uso de los contratos y planillas de la Asamblea. No ha habido ninguno que cuestione cómo es que la Asamblea le paga a los empleados de sus empresas a través de contratos. ¿Y quién le ha pedido cuentas a uno de sus vicepresidentes sobre el apoyo que le brindó con dinero público a una asistente suya? ¿Por qué estos que pretenden ser gobernantes miran hacia otro lado cuando oyen la palabra nepotismo y se vuelven mudos sobre los recursos que se consumen?
¿Es que acaso ninguno de ellos cree que pagarle a los diputados suplentes de una partida presupuestaria de combustible no es un problema de Estado? ¿O que burlarse de disposiciones legales de la Contraloría es algo menos que un pecado? ¿O que parejas sentimentales viajen a exóticos destinos con plata del Estado?
¿Por qué ningún candidato o precandidato se compromete a promover causas judiciales para investigar el despilfarro que ha reinado en la Asamblea? ¿Cómo es que ninguno de ellos se escandalizó por los 14 millones de dólares en supuestas donaciones que hicieron los diputados?
Pues, estos son los que pretenden sentarse en la silla presidencial, calzarse la banda y colocarse un escudo nacional de oro en la solapa del saco.
Hablan de la delincuencia común, pero guardan silencio cómplice ante las fechorías evidentes de miembros de sus partidos. Dicen querer arreglar la economía, pero no dicen una palabra sobre el despilfarro de fondos públicos en la Asamblea -por decir lo menos- porque de que hay botellas, garrafones y damajuanas, las hay. De eso no hay duda. Pero estos precandidatos y candidatos tienen la elocuencia de un cadáver sobre estos temas. Y es probable que ni con tortura hablen de eso.
¿Qué nos garantizan para poner fin a estas prácticas? Ni una palabra. Y mientras no lo hagan, no cuenten conmigo ni con las personas que pueda convencer sobre lo hueco que son sus discursos. Insisto: ¿por qué creer en sus promesas si la que queremos que hagan no la pueden o no la quieren hacer? ¿Quién puede creer en campañas de mano dura contra los delincuentes de pie descalzo si quienes se comprometen a eso hasta se sienten cómodos con los delincuentes de cuello blanco?
Su silencio en estos temas es bastante más elocuente que sus juramentos sobre la Biblia. Casi es una fotografía de lo que son, porque no muy en el fondo percibo la misma sonrisa de desfachatez que la que esbozan muchos diputados cuando, mirándonos a los ojos, nos mienten sin pudor ni vergüenza.
