Lo que ha revelado esta semana la Contraloría General de la República sobre las planillas de los diputados y lo que supuestamente pagaron en donaciones es un escándalo. Y a ello hay que agregar lo que ha destinado Pandeportes para varios de estos funcionarios, enquistados en federaciones deportivas en las que han hecho magia con la desaparición de millones de dólares en insumos deportivos que nadie recuerda ni nadie ha visto, solo ellos.
¿Qué prueba toda esta información sobre planillas, donaciones y asignaciones deportivas? Que el presupuesto general del Estado es una megapiñata. Solo hay que golpearla ligeramente para que los millones caigan desparramados al suelo, donde los esperan los pocos invitados a la fiesta –o al fiesto–, donde se pelean el dinero a colmillos y garras. La reelección para hacer leyes es puro cuento.
Que si un mejor país, que si una mejor educación, que si reformas para la transparencia, que si combatir la corrupción. Todo eso es otro cuento para ganar la Presidencia. ¿Quieren pruebas? ¿Por qué alguien quiere echarse a hombros problemas gigantescos que, además, no tiene la menor idea de cómo resolver? ¿Lo hacen por amor al país o por amor a la billetera? Nuestros funcionarios han demostrado que el Estado es una escalera, y que escalón a escalón sirve para llenarse los bolsillos. Los últimos peldaños están en los altos cargos del Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial. Allí, en esos puestos, es donde se consigue la plata.
Después de 20 o 30 años de ser periodista, ¿uno qué no ha visto? Pero, aunque creamos haberlo visto todo, esta gente aún nos sigue sorprendiendo. No porque ignoremos lo que son, sino porque el robo es tan burdo, que es imposible que los jueces puedan ser tan ciegos. Ah… pero es que no lo son. Es que se hacen. Quieren convencernos de que la justicia es cosa de abogados: artículos, recursos, amparos. Apuestan a nuestra ignorancia en asuntos de jerga leguleya.
Y los magistrados están en la cúspide, no de sus carreras, sino de sus cuentos, a los que intentan llamar justicia. Son tan malos, que habría que hacer un concurso entre los que imitan a Cantinflas y Trespatines para darles toga y despacho en el palacio Gil Ponce para que escriban fallos que, al menos, sean graciosos, porque es que esos que nos disparan –y que ellos llaman fallos y sentencias– son macarrones incomestibles, vomitivos y repugnantes… Y no dan risa.
Es verdad que ya no creo en nadie, y reconozco que si quiero que las cosas mejoren, en algo o alguien debo empezar a creer. Pero, ¿en qué, en quién? ¿Hay esperanzas? Ni eso nos dejan tener. Nos han robado desde la dignidad –esa que impedía que alguien más hiciera lo que nosotros podíamos hacer– hasta las esperanzas. Las esperanzas de ser mejores personas.
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OPINIóN
Sábado picante
27 abr 2019 - 05:00 AM
