La sociedad panameña es testigo -cada día con mayor frecuencia- de crímenes horrendos que tienen su origen en conductas delictivas, muchas de ellas asociadas a trastornos mentales o emocionales. Que un padre abuse de sus hijas o las asesine no es un hecho casual, es una manifestación de patologías profundas en la mente y en la estructura de la personalidad.
Los asesinatos, cada vez más crueles, demuestran que la conducta delictiva se hace más violenta.
El aislamiento social en el que viven muchas familias en el campo, lo mismo que la vida acelerada de las ciudades, conducen a un estrés permanente que agobia a cientos de miles de panameños.
La precariedad y la falta de recursos se convierten en un círculo vicioso que empuja a las personas en una espiral de desesperanza, frustración y rabia.
Como sociedad nos hemos vuelto tolerantes al desorden del tránsito, a desobedecer señales, convirtiendo las calles en el escenario perfecto para la expresión de la agresividad.
Muchas situaciones no ayudan. Que la familia no sea el espacio de convivencia, de felicidad y de unión que solía ser.
Que las escuelas no sean los escenarios de aprendizaje para la vida, el trabajo y el ejercicio de la ciudadanía. Y que la comunidad no ofrezca áreas de esparcimiento, recreación y de actividades comunitarias compartidas.
Como sociedad estamos en un punto de inflexión. Y no se trata de más leyes. Se trata de principios que hemos aprendido, pero que no utilizamos más: el respeto, la responsabilidad, la honestidad, la integridad.
Ya no sabemos discriminar entre las personas con altos valores e ideales y las personas que solo buscan el beneficio propio.
Es hora de hacer un alto reflexivo y rescatar los valores y la salud mental de la sociedad panameña. Necesitamos restablecer las bases firmes de la salud mental y emocional desde la niñez y buscar ayuda a tiempo para desarrollar autoestimas saludables, niños, jóvenes y adultos que quieran aprender, progresar y mejorar la calidad de vida de sus familias, comunidades y de la sociedad panameña.
La autora es psicóloga