El 94% de los estudiantes españoles considera que una experiencia en el extranjero les ayudará a encontrar trabajo, según una encuesta de Uniplaces. En la Unión Europea (UE), el 68% afirma que quiere salir de su país para buscar mejores oportunidades, tanto académicas como laborales. Y globalmente el comportamiento es similar, el 85% de los jóvenes se mudaría por trabajo, según el Kelly Global Workforce Index de 2011.
En una sociedad global donde las barreras geográficas ya no son un problema y las personas están dispuestas a vivir lejos de “su tierra”, cada vez hay menos predisposición a hipotecarse.
A pesar de que tener una casa en propiedad puede proporcionar seguridad y estabilidad, también ata a las personas a un sitio, tanto de manera física como psicológica. España es uno de los países de la UE con menor tasa de alquiler y mayor número de propietarios. Sin embargo, mientras que en 2011 el 70% de los españoles consideraba que vivir de alquiler era tirar el dinero, ahora el 65% lo ve como una opción de vida, según una encuesta de Fotocasa.
También en España, el porcentaje de viviendas arrendadas ha pasado de representar el 11.4% a estar entre el 18% y el 20%. Muchos expertos afirman que una de las razones por las que las nuevas generaciones tienen una actitud mucho más favorable hacia el alquiler es que tener una hipoteca hoy puede ser un gran inconveniente mañana a la hora de avanzar en el ámbito laboral.
“Una de las principales conquistas del arrendamiento es el cambio cultural que abanderan las nuevas generaciones, que derriban mantras como que un trabajo es para toda la vida o que alquilar es tirar el dinero”, afirma Antonio Carroza, consejero delegado de Alquiler Seguro. Carroza también defiende que los jóvenes son conscientes de las dos virtudes del arrendamiento: la flexibilidad y el poco apalancamiento. Siempre se ha dicho que comprar era la mejor opción, pero ahora alquilar puede ser una inversión en futuro.
Además de los factores citados por Carroza, la tasa de desempleo, la precariedad laboral, la falta de perspectivas, la necesidad de aprender nuevas lenguas o la posibilidad de ser independientes también pueden influir en la decisión de no enraizarse en un lugar. En una sociedad sin fronteras, donde todos somos ciudadanos del mundo, es fácil llamar casa a aquel lugar donde se pueda vivir con dignidad.