PROSA PROFANA

Subido al carrusel

Subido al carrusel
Si está en Nicaragua, Sergio Ramírez escribe todas las mañanas desde las 8:00 a.m. hasta la hora del almuerzo.

Leila Guerriero, la celebrada periodista argentina, me envió un largo cuestionario cuando preparaba su reportaje de portada para Babelia, el suplemento cultural de El País, que se publicó bajo el provocativo título “El escritor ambulante”.

Me advirtió que no necesitaba responder a todas sus preguntas; pero el tema me pareció tan atractivo, que me aparté un rato de la novela que estoy terminando, y completé la tarea como un escolar aplicado.

En el reportaje Leila entresaca respuestas de los escritores entrevistados, acerca de cómo afectan su oficio las “idas y venidas” de sus apariciones internacionales, lo que implica interminables viajes aéreos, y esos obligados hogares temporales que son los hoteles. Me ocupo aquí del tema, en base a las respuestas que le di:

Si estoy en Nicaragua escribo todas las mañanas desde las 8:00 a.m. hasta la hora del almuerzo. No puedo hacerlo donde sea, cafés, aviones, trenes, salvo que se trate de anotar, antes en una pequeña libreta, ahora en el celular. Puedo repetir mi rutina cuando me tocan estaciones largas fuera, y me siento debidamente instalado, en reposo.

Debido a mi novela decidí el año recién pasado disminuir mi ritmo de viajes. Reduje mi calendario a 16 compromisos. Unas 15 semanas en total. ¡Qué drástica reducción!, me digo ahora, con sorna.

Lo peor es que al regresar de un viaje, después de haber abandonado por algún tiempo el libro en curso, debo comenzar desde el principio. Hay que volver a retomar la trama, meterse en la atmósfera, encararse de nuevo con los personajes, que resienten mi ausencia.

Viajar me produce cada vez más fatiga, culpa de “la obra profunda de la hora, la labor del minuto y el prodigio del año…”, como describe Darío el paso del tiempo en su poema De otoño.

Cuando se acerca diciembre me siento agotado, con ganas de tirar la toalla. Y peor el último noviembre.

Me hallaba en Austin acompañando al poeta Ernesto Cardenal en la entrega de su archivo a la biblioteca Benson, y yo debía hablar en la ceremonia. Estando allá me avisaron que mi hermano Lisandro había muerto en México, y pude conseguir un vuelo de madrugada para llegar a tiempo al funeral.

De vuelta en Managua, bajo el agobio de la pérdida, me sentí tentado a abandonar el resto de compromisos del año. Pero pensé que la gente que me había invitado no tenía ninguna culpa de mi estado de ánimo, y seguí adelante.

Los escritores somos una gran troupe que siempre está presentándose en los escenarios. De algún modo hay que estar cuando te llaman.

Hay un ego siempre presente en los escritores, y estas líneas, hablando de mí mismo, son la mejor prueba. Pero hay que procurar tener un ego moderado. Y más importante que las luces del proscenio, son los nuevos lectores que se ganan gracias a esos viajes.

¿Hay alguien que se quede al margen? Mario Vargas Llosa disfruta del público. Bob Dylan no fue a recibir el Nobel de Literatura, pero delegó en la maravillosa Patti Smith para que cantara en la ceremonia una de sus baladas. Jorge Luis Borges, ciego y todo, no despreciaba las invitaciones. Gabo, como dice su hermano Jaime, “se escondía para que lo hallaran”.

Cuando uno presenta un libro en varios países y atiende 10 entrevistas de prensa en un mismo día, hay que hacer “variaciones sobre un mismo tema”.

El periodista hará siempre preguntas parecidas, pero te está escuchando por primera vez, aunque tengas enfrente uno cada media hora. No puede mostrarse cansado ni aburrido. Sino, mejor quedarse en casa.

Hablar de literatura es lo que más me gusta en el mundo después de escribir, y claro, de leer. Me gusta ponerle humor a las conversaciones en público. Relatar historias. Es lo que espera la gente, no las disertaciones académicas.

Nunca se me ocurriría dejar de escribir y seguir montado en el carrusel de la feria. Me convertiría en una especie de veterano de guerra que enseña sus viejos galones, o sus viejas heridas. Lo contrario sí es posible. Porque escribir es una necesidad vital, y seguiré escribiendo hasta el último día.


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