Hace un par de tardes oí en la radio pública de Madrid una tertulia tan insólita como interesante. El locutor daba paso a un filólogo —no sé si profesional o aficionado, que no me quedé con su nombre— quien dedicó el tiempo de antena a tratar de la coincidencia en los idiomas indoeuropeos de la palabra que corresponde al número tres y los derivados (muchos) que tiene. Aprendí que “trabajo” viene del latín, como tantas otras palabras, pero no se relaciona con la forma como llamaban a la acción de trabajar los romanos sino con el número tres, correspondiente a los palos de un instrumento de tortura en el que en el mundo antiguo metía a los esclavos perezosos para que se espabilasen.
Hubo que esperar hasta la gramática de Antonio Nebrija para que el trabajo recibiese su consideración actual dentro de la lengua castellana. El filólogo se centró como es natural en ese lazo entre trabajo y suplicio hasta que el locutor, quizá por aquello de tener más los pies en la tierra, le hizo ver que hoy por hoy tener un trabajo es para millones de personas de nuestro país un anhelo que no pueden satisfacer.
Dos días después se hacen públicas unas cifras del Ministerio de Empleo español que dan un dato estremecedor: la cuarta parte de los contratos que se firmaron en España entre enero y mayo tuvo menos de una semana de duración. Como es sabido que las estadísticas están para torturar los números más que para trabajarlos, se puede uno centrar en la cifra total de desempleados que existe en un momento determinado del año —las que se refieren al mercado laboral suelen tomar una referencia de ese estilo— dejando en el tintero que igual una semana más tarde ha habido un desplome. Por su propia naturaleza, los contratos a muy corto plazo vuelven a cubrirse al poco y así se va hacia delante y hacia detrás, como en el baile de la yenka, cuadrando quizá los números pero a cambio de dejar a los trabajadores en la nada.
La noticia de los contratos con una semana de vida no me sorprendió. En el hospital en el que trabaja de médico mi mujer se firman contratos que duran un día, esas veinticuatro horas en las que un especialista del servicio de urgencias está de guardia. Luego a la calle y hasta la próxima. ¿No daría igual contratarle por un mes con el mismo salario? No. La perversidad del sistema de trabajo de un día hace que, entre guardia y guardia, los médicos no tengan seguro ni coticen de cara a su bien utópica pensión.