Sus ojos me miraron primero con sorpresa y sobresalto y después con furia y soberbia. Intentó acercarse pero se arrepintió.
En medio de un ejército de guardaespaldas exagerado en un recinto privado y estrecho, el salón ejecutivo del hotel Tequendama de Bogotá en el piso 17, ante su turbación de verme, estuve a punto de decirle que yo no era un espía periodístico, sino un casual huésped en busca de comer un bocado y, con certeza, no era el expresidente Álvaro Uribe el plato que apetecía.
Minutos antes, él había terminado una reunión privada con su pupilo, el excandidato presidencial de Colombia por el Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga, cuyo hijo ese día rindió indagatoria en el consulado colombiano de Nueva York por las interceptaciones telefónicas de un hacker en la campaña electoral de 2014.
En una ironía del destino, a pocos pasos de la reunión privada entre ellos, mientras comía yo escribía un artículo sobre otras “chuzadas”, como le llaman en Colombia al rastreo o escucha ilegal de llamadas telefónicas, que ocurrieron en el gobierno de Uribe, entre 2007 y 2009, para vigilar y perseguir a sus opositores.
El personaje clave de esas “chuzadas” es María del Pilar Hurtado, exdirectora del DAS, el servicio secreto de Colombia, de quien también hablaban Uribe y Zuluaga. Hurtado se entregó recientemente y esto tiene nervioso y más paranoico a Uribe, porque si Hurtado se cansa de guardar secretos y habla del espionaje que ejecutó, Uribe podría verse en aprietos.
Ella se refugió en Panamá desde finales de 2010, donde Uribe movió sus influencias con el presidente Ricardo Martinelli para que le diera asilo a su protegida, el cual fue revocado por la Corte Suprema de Justicia a mediados de 2014.
Con su estilo autoritario pero a la vez populista, Uribe, llamado con cariño Varito por antiguos amigos, fue y es un encantador de serpientes, logrando hipnotizar a ciertos colombianos que lo siguen con la furia con la cual él lleva su actividad política. A veces me da pena con el expresidente porque su vida está rodeada por el caos jurídico; se la pasa defendiéndose de las acusaciones, por lo cual sospecho duerme poco, pero, quien lo manda a no ser claro y obrar con rectitud.
Sin embargo, creo que el menor problema de Uribe es comprobar si ordenó o no las “chuzadas”. El gran peso es su pasado sombrío que data de la época de Pablo Escobar, quien lo llamaba Varito. Uribe tiene sobre los hombros la sospecha de su conducta impropia cuando fue director de la Aeronáutica Civil, desde donde habría autorizado licencias para volar aeronaves y permisos para construir pistas aéreas, lo que facilitó a los narcos, como Escobar, el envío de cocaína al exterior con libertad y en gran cantidad.
La lista de dudas contra Uribe es larga. Comienza con el apoyo a los paramilitares, el nepotismo, los falsos positivos y la cantidad de funcionarios suyos investigados o condenados; por esas razones no me sorprende que en Colombia la gente ya no le come cuento. Muchos paisanos despertaron del encantamiento y algunos están pasmados de ver cómo a través de Twitter muestra el cobre y su verdadera personalidad falaz. @RaulBenoit