[MALA HERENCIA]

Lo que Venezuela nos muestra

La victoriosa oposición tiene un arduo sendero para recorrer y deberá hacerlo muy unida. El chavismo está herido, muy malherido, pero sigue en el poder y con las garras afiladas.

El triunfo de la oposición venezolana y, más que ello, la derrota del chavismo y el multitudinario rechazo a Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Tibisay Lucena, ha sido la gran noticia. Hubo otra noticia que ocupo espacios secundarios: el precio del crudo venezolano cerró la semana pasada a 34.05 dólares, 0.88 menos que la semana anterior. Y ello tiene mucho que ver. A Maduro se le pueden criticar muchas cosas, pero quizás su mayor pecado fue el de mejorar y fortalecer la imagen de Hugo Chávez, con aquello de que “malo vendrá que bueno te hará ser”. Es un hecho que con estos valores del petróleo poco hubiera hecho el fundador del chavismo, que gozó de precios de $130 y $140 y más el barril. Con tanta plata dulce era fácil imponer un carisma, comprando barcos y armas a España y a otros países de la Unión Europea, facilitándole negocios en Venezuela a las empresas brasileñas, patrocinadas por Lula y viceversa, firmando acuerdos de alcances desconocidos con Rusia, China e Irán, financiando la economía cubana –con la bendición de Fidel Castro incluida–, subsidiando el petróleo a países de Centroamérica y el Caribe, comprando y haciéndose cargo de empresas ineficientes o quebradas en Costa Rica y Uruguay y “ayudando y colaborando solidariamente”, con muchos petrodólares de por medio, a sindicatos, movimientos populares –caso de los Sin Tierra”– y a periodistas y prensa amiga militante y obediente y autoproclamada progresista.

A Chávez, con el petróleo a $38 y la economía arrasada por una política que él mismo implantó, le hubiera sido imposible lograr algo más que lo conseguido ahora por Maduro y Diosdado. La herencia que reciben los venezolanos es la de Chávez y Maduro. La del chavismo. Y es una herencia terrible. Por eso el dilema no es ganar, sino hacerse cargo. En el caso venezolano, además, el panorama es caótico, porque la mayoría repudió al chavi-madurismo, pero este sigue en el poder. La victoriosa oposición tiene un arduo sendero para recorrer y deberá hacerlo muy unida. El chavismo no está vencido; está herido, muy malherido, pero sigue en el poder y con las garras afiladas.

El desastre económico influyó mucho en la decisión de los venezolanos, pero la unidad mostrada esta vez por la oposición fue también determinante. No se debe ignorar. Que nadie se encandile, todavía falta mucho. El neoprogresismo populista y autoritario se resiste a dejar el poder. Tampoco hay que ignorarlo. Es propio de su doctrina y a ello se le suma el miedo de volver al llano y tener que rendir cuentas.

El caso de Argentina es elocuente. La conducta de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) es más que ilustrativa. Le ha negado información al nuevo gobierno, para empezar. El electo presidente Mauricio Macri no sabe bien con qué se va a encontrar. Pero si con ello no bastara, en las últimas semanas CFK ha designado una veintena de embajadores, cientos de funcionarios, ha contraído deudas que deberá comenzar a pagar en unos meses el nuevo gobierno y hasta se niega a participar de la tradicional ceremonia de traspaso del mando que tiene lugar en la Casa Rosada. Una actitud rayana en lo ridículo, que a la vez habla de un resentimiento o de problemas “de estrés”, por no decir mentales, según la opinión de muchos argentinos. Y mientras tanto, sus grupos de apoyo y sus militantes –cada vez menos pero cada vez mas fanatizados– llaman a la resistencia.

Les cuesta dejar el poder, y ello, como decíamos, está en la esencia de su doctrina. Y cuando se ven obligados a “renegar”, dejan escombros. Como lo están haciendo después de gozar de un ciclo único, inédito y que difícilmente se repita, en que el dinero entraba a raudales y que no fue aprovechado para asegurar el futuro de sus países y de su gente, sino para financiar liderazgos de barro, para alimentar soberbias personales y despilfarrarlo con fines electorales (las mentadas ayudas sociales dirigidas a los sectores más necesitados) en una de las peores formas de corrupción para continuar en el poder. También en muchos casos –como cada vez se “destapa” más–, parte se dedicó al enriquecimiento personal, o de sus familiares, de sus amigos y de sus seguidores.

El neoprogresismo autoritario se va yendo, aparentemente. Se acabó la plata y es difícil hacer populismo. La gente se ha hartado. Pero que nadie se equivoque. No se han rendido ni se rinden. Apuestan a que la gente tenga corta memoria y a que se confunda con los problemas del día a día –y más en estos casos con lo que dejan–, y de ahí su permanente preocupación de imponer su propio relato, tanto cuando están en el poder, como cuando, ya imposible de asegurarse el continuismo, pasan a la oposición.


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