El 16 de agosto Panamá fue demolida. No era istmo sino islote y resistía al crecimiento urbano voraz, ese de altura, metal y vidrio, en la esquina de la avenida I y calle 28 del cantón centro de San José (Costa Rica). La Zapatería Panamá, que a esa Panamá me refiero, cabía en apenas dos metros cuadrados y se podría decir que don Carlos Aguilera, heredero de una tradición con olor a cuero y resistente ante el “desarrollo” contemporáneo por necesidad, ha perdido la batalla.
Ahora les cuento más, pero parece imprescindible que les explique por qué la Zapatería Panamá, ahora solo escombros y recuerdo fotografiado, aparece en El Malcontento. En general, yo hubiera defendido que las metáforas son construcciones del ingenio, palabras o imágenes que nos hacen representar algo mediante un similar o mediante el juego necesario del pensamiento. No siempre es así. La Zapatería Panamá es la metáfora de las pocas resistencias urbanísticas de ciudad de Panamá, convertida en una apisonadora de la historia, del buen gusto y de la calidad de vida.
Comento con una amiga cómo me cuesta reconocer la ciudad que conocí hace apenas 13 años y que hoy me resulta ajena y, en general, hostil al ser humano que no vive entre la estridente burbuja con ruedas y la acondicionada celda de lujo con vistas a la realidad. Ella me mira con condescendencia merecida y me contesta que Panamá ya no existe. Que esta es otra ciudad y que esta no es la de la gente normal. Sufro el trancón de varias horas que a diario sufren las personas que viven al oeste de la capital para llegar a sus trabajos y me repito: esta no es la ciudad de la gente normal. Acerco a un amigo a Cerro Viento y me cuenta de sus horarios para tratar de surfear en la ciudad sin corazón. Y concluyo: esta no es la ciudad de la gente.
La Zapatería Panamá trató de resistir al mal denominado “desarrollo urbanístico”, un terrible juego de especulación inmobiliaria y gentrificación que suele avanzar con la colaboración de autoridades y jueces. Don Carlos perdió la batalla, pero ha resistido durante todo un año durmiendo en su pequeño cubículo de historia para evitar que se lo quemaran o que una mañana, al llegar al centro de la ciudad, encontrara un vacío ya irreparable. La justicia de la “seguridad jurídica” del propietario ha primado sobre el valor histórico, sobre la dignidad humana e, incluso, sobre muchas de las gentes que apoyaron al solitario zapatero que no podía entender que el minúsculo universo construido por su abuelo y por su papá terminara en el piso por no tener baño (esas son las disculpas que el desarrollo encuentra cuando necesita el espacio de “los nadie”).
Darién Montañez, el arquitecto que encontró nombre para el horror de cemento y vidrio en que se convirtió ciudad de Panamá (arquitectura feoclásica), escribió sobre esta zapatería y, antes de su final de polvo, afirmaba: “Se yergue entre orgullosa y temerosa, protegida con banderita y rótulo: un monumento a la panameñidad misma que en mi mundo ideal sería la sede de la Embajada de Panamá en Costa Rica”.
Estos monumentos desaparecen, al igual que las resistencias. El alcalde de San Miguelito comenta feliz que el Metro de Panamá por fin va a poner en su sitio a los buhoneros, que según unos alegres locutores de radio “afean” la entrada al distrito. Odebrecht adecentará vía España y las zonas aledañas rumberas para mayor gloria del alcalde y del turismo. Casi nada ocurre en los otros 23 corregimientos que solo aparecen en los noticieros cuando hay corte de agua, corte de calles o corte de algún gaznate. Los atribulados vecinos de las Áreas Revertidas, que durante un tiempo resistieron como buena clase media, vieron cómo sus burbujas se convirtieron en jaulas y los de Mañanitas solo esperan la llegada del Metro para ganar unos minutos en sus casas antes de desplazarse a la ciudad visible a trabajar como seres invisibles para los que imponen agenda y salarios.
La ciudad de Panamá pierde una Zapatería Panamá cada día. El feoclasismo se hace espacio en vertical y la hermosa ciudad de los años 50 del siglo pasado es ya solo un álbum de fotos para compartir en las redes sociales. San José ha condenado a don Carlos Aguilera a la tristeza y con él ha sellado su destino. La ciudad de Panamá hace tiempo que pasó la línea de no retorno. La estética del maleante con plata, la arquitectura irresponsable y la vida encapsulada hacen casi imposible la dimensión humana. Nos faltan zapaterías y nos sobran torres de mentira.

