Parece que al fin nos cayó la peseta sobre nuestra realidad demográfica. Tenemos ya varios años que la población crece a menos de su tasa de reposición, o sea, 2.1%. La población se achicará en el tiempo y cada vez habrá más viejos y menos jóvenes. Según La Prensa, para 2035, en 8 años, ya tendremos más panameños mayores de 65 años que menores de 15.

Con ello, seremos más longevos y dependientes. Se calcula que en 24 años (2050) tendremos 70 dependientes por cada 100 personas en edad de trabajar. Dicho mejor, aumentarán los dependientes, pero también se reducen la proporción de ciudadanos en edad de trabajar. Dado el pobre desempeño de la productividad nacional, no tendremos muchos recursos para sostener a los mayores. Somos un país que se está haciendo viejo antes de volverse próspero.

Hay otro dato incómodo. Cuando desagregamos esa tasa fatal de menos de 2.1%, vemos con sorpresa que la tasa de natalidad de los panameños “no originarios” frisa el 1.9%, pero la de los “originarios”, en particular la etnia ngäbe, pega al 4%. (Ya hay quienes dicen, muy en serio, que tendremos un “originario” presidente en 20 años).

Así, la dependencia nos golpeará dos veces. No solo crecerán los dependientes por edad, sino que tendremos una cuota importante de dependientes de un segmento de panameños, en plena vida productiva, donde hemos fracasado en integrarlos a la economía de mercado.

A los pocos que parece preocuparle esta dura realidad son los que ven el impacto en el asistencialismo. El reto allí se percibe en: ¿cómo darle una vida digna a una población cada vez mayor? La real pregunta es: ¿quién les dará de comer y vivir, si los que pueden trabajar y tirar del carro serán cada vez menos en proporción a los viejos y a los rezagados?

Panamá no es ni será el Japón. Un país de viejos con tasas de ahorro altísimas que les permite una vida digna, limitando la inmigración. Panamá no puede darse el lujo de “japonificarse”. Si queremos un país próspero y viable, Panamá necesita de inmediato promover la llegada de gente joven y calificada que expanda la economía, la inversión y el ahorro.

No solo es abrir las puertas. Porque los que hoy entran se encuentran con todo tipo de restricciones laborales y gremiales. Aquí han migrado excelentes profesionales de países vecinos que se largaron o que hacen otra cosa, desperdiciando su conocimiento. Hay que empezar por eliminar las restricciones a todos los oficios y profesiones que se legislaron ignorando las salvaguardas constitucionales.

El privilegio exagerado de reservarnos oportunidades de trabajo solo por ser panameños deriva de una mala lectura del artículo 20 de nuestra Constitución. Me explico mejor. El primer párrafo del citado artículo lee: “Los panameños y los extranjeros son iguales ante la ley, pero esta podrá, por razones de trabajo, de salubridad, de moralidad, seguridad pública y economía nacional, subordinar a condiciones especiales o negar el ejercicio de determinadas actividades a los extranjeros en general”. Ninguna de las leyes que conceden el privilegio al nacional observa las limitaciones que fija la Constitución y subrayadas arriba, así violando las condiciones que establece el propio artículo 20.

¿Conocen alguna ley que conceda el privilegio a nacionales que incluya en su texto, en su justificación de motivos o en el debate legislativo un análisis de los costos y beneficios nacionales que justifiquen la exclusión de extranjeros calificados? Yo, ninguna. ¡Todas dicen en coro: privilégiame porque soy de aquí!

Además, en la realidad, ninguna de esas leyes puede objetivamente comprobar que el país está mejor, cerrado a la competencia, a la excelencia y a un saludable aumento de la oferta de profesionales idóneos. Es bastante fácil probar lo contrario. El privilegio impide la expansión de la economía y beneficios a otros ciudadanos. Y deja sin posibilidad de nuevos empleos a miles como obreros, choferes, secretarias, artesanos y muchos más que no gozan de tales fueros.

Las consecuencias de este privilegio se ven a simple vista. La nacionalización de la docencia es una receta segura a la mediocridad y el fracaso intelectual. Observen nomás la crónica carencia de médicos especialistas en todo el país, las dificultades que tienen las empresas y todo el sector empresarial para encontrar auditores, analistas, gerentes, ingenieros, etc., solo por estar forzados a contratar nacionales sin preparación adecuada.

Hay más. Entre los ingredientes que tienen los casos de éxito económico está la apertura laboral. Miren a Copa. ¿Acaso tendríamos una aerolínea de éxito mundial si hubiéramos tenido que esperar que hubiera suficientes pilotos panameños para crecer?

Por años he predicado la conveniencia de la apertura y poner fin a las roscas gremiales que lo impiden. Incentivar la competencia y la excelencia trayendo talento también estimula a los panameños a ponerse las pilas y todos ganamos. Pero ha sido un diálogo con sordos y arrogantes.

¿Será que ahora haremos algo? Ya no es un tema de roscas y gremios. Es un tema de supervivencia de una nación. La demografía muestra que moriremos viejos y pobres porque no fuimos lo suficientemente racionales para darle al país una apertura de gente y talento que necesitamos.

El autor es presidente de la Fundación Libertad.