Los más de 80 conflictos acaecidos desde la desaparición de los bloques y los últimos sucesos de septiembre de 2001 en Estados Unidos, han confirmado que el final de la Guerra Fría no produjo la esperada paz mundial y que a pesar de haberse alcanzado acuerdos y tratados sobre control de armamentos, desarme, prevención de conflictos y gestión de crisis, la inestabilidad es un fenómeno de nuestro tiempo y un riesgo que nos puede afectar a todos.
Multitud de factores de violencia estructural como la pobreza, el hambre y la carencia de justicia social, contribuyen a aumentar el desorden y caos mundial. Esto se traduce en violencia social, anarquía criminal, flujos de refugiados, tráfico de drogas, crimen organizado, nacionalismo extremo, fundamentalismo religioso, limpiezas étnicas, devastación ambiental, etc.
Estas condiciones de desestabilización tienden a ser explotadas por nacionalistas, ideólogos, criminales, fundamentalistas, terroristas y autoproclamados profetas para alcanzar sus propios objetivos. Así el mundo experimenta un aumento de guerras a las que se bautiza con nuevos nombres (limitadas, de guerrillas, camufladas, sin restricción, asimétricas, etc.) y en las que aparecen variados niveles de violencia.
Estos nuevos riesgos o amenazas asimétricas de carácter no convencional, que tratan de explotar la vulnerabilidad de un país, al tiempo de reducir su seguridad, tienen un denominador común, están provocados mayoritariamente por actores no estatales de naturaleza difusa, que cuentan además con el apoyo de Estados fallidos y que atentan contra las instituciones de un país, sus comunicaciones e infraestructuras, su territorio y sobre todo, su población.
Por tanto, las principales amenazas de hoy en día, hacen difícil diferenciar entre lo que es seguridad interior y exterior y los problemas de diferente índole (sociales, económicos, medioambientales, etc.) están relacionados. Entre estas amenazas las más importantes son las siguientes: conflictos armados, terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva, crimen organizado, pobreza, enfermedades infecciosas, corrupción, deterioro medioambiental y el ciberterrorismo.
La guerra asimétrica es un conflicto violento en el que se constata una abismal diferencia cuantitativa y cualitativa entre los recursos militares, políticos y mediáticos de los contendores comprometidos, y que por lo tanto obliga a los bandos a utilizar tácticas atípicas, que rebasan la tradición bélica del pasado.
Hace 45 años, Henry A. Kissinger ya sostenía la necesidad de adecuar el dispositivo militar norteamericano para las “guerras limitadas”. ¿Qué ha cambiado entonces? Los Estados deben afrontar estos riesgos asimétricos igual que antes se resolvían las guerras limitadas.
Los últimos acontecimientos mundiales, así como el debate que en general se ha desatado sobre la intervención de Estados Unidos en Afganistán, Irak y actualmente Siria, están llevando a una reflexión acerca de cómo redefinir la orgánica, doctrina y materiales de las fuerzas armadas de los Estados para hacer frente a estas amenazas, llamadas hace años, de cuarta generación “con una base no-nacional o transnacional” y que ahora denominamos “riesgos asimétricos”.
Panamá no tiene ejército por preceptos constitucionales, pero eso no es óbice para que nos preparemos adecuadamente, porque las amenazas transnacionales no determinan qué país tiene o no fuerzas armadas. Por encima están sus intereses ideológicos y económicos.
Manos a la obra.
El autor es consultor en temas de criminalidad y seguridad pública

