Días atrás, el señor arzobispo de Panamá, monseñor Ulloa, pidió disculpas por los abusos perpetrados contra menores y otras personas vulnerables por clérigos e individuos asociados a la Iglesia católica.

No es la primera vez que un alto prelado pide disculpas. Ni es la primera vez que las disculpas son insuficientes. En esta ocasión, la Iglesia ha reiterado la política de ocultamiento de información relevante sobre los abusos de sacerdotes a menores y discapacitados que el papa Juan Pablo II impuso durante décadas. De hecho, se convirtió, sin pretenderlo, en protector de pederastas y hoy se encuentra elevado a los altares como santo y ejemplo de virtud, pero no para mí. Abunda evidencia incuestionable que está disponible en las redes.

Probablemente muchos católicos miran para otra parte o recurren a explicaciones extravagantes que justifican la conducta de la Iglesia para no sufrir decepciones que pongan en riesgo la estabilidad de vínculos sociales o familiares. Por mi parte, he sido afortunado porque mi familia, toda creyente, jamás ha permitido que las cuestiones religiosas ocasionen fricciones. He conocido familias que no se han detenido a la hora de ejercer violencia psicológica contra una hermana por razones religiosas.

Cuando creencias y valores religiosos hondamente asimilados desde la primera infancia se desechan, generalmente se hace necesario reemplazarlos, porque pueden ocasionar angustiosos sentimientos de inseguridad. Fui educado en la escuela primaria en un colegio de jesuitas españoles que adoctrinaban en el catecismo, resaltando el castigo eterno. Más tarde me hice acólito y ayudaba en la misa en aquellos días en que se realizaba en latín. A los 14 años se me hizo imposible aceptar que un sacerdote le hablase a una galleta de pan e inmediatamente después de pronunciar las palabras “hoc est enim corpus meum”, la transformara en otra cosa. La creencia es obviamente absurda y no tiene explicación racional. Denominaron a ese fenómeno “transubstanciación” (desde el siglo XIII) en un intento de hacer menos repudiable el hecho. Así, a la galleta de pan (hostia) le reconocieron una doble propiedad: un estado denominado “accidente” (color, sabor, consistencia) y otro que denominaron “sustancia” (lo que la cosa “es”, su “esencia”), que se había transformado en otra cosa al pronunciar las palabras mencionadas, mientras que los “accidentes” permanecían inalterados. La Iglesia decidió que se trataba de un misterio. Intenté desentrañar el misterio, lo que me obligó a reconocer que un misterio es, por definición, inexplicable. ¿Cómo o por qué aprobar un misterio? La Iglesia decretó que la explicación no solo no era necesaria, sino que tenía que reconocerse que el papa es infalible, es decir, que no puede equivocarse. No puede errar, por ejemplo, al afirmar que tres personas distintas son una y la misma simultáneamente, ni respecto de otros “misterios” que son obviamente supersticiones encubiertas.

En este punto y con el paso de los años, la religión organizada y sus dogmas mistéricos se me hicieron repugnantes.

Hace 16 años entregué una notificación formal de apostasía al arzobispo monseñor Dimas Cedeño. La apostasía es el rechazo y la renuncia a la adscripción a la Iglesia católica, tal como la describe el artículo 751 del Código Canónico, que dice: “... apostasía es el rechazo total de la fe cristiana”, y produce la excomunión automática.

Indicaba en mi carta que el hecho de haber sido bautizado en la fe católica por una decisión tomada por mi familia, quizás bajo la presión ideológica ejercida por la Iglesia católica, por el Estado y/o la sociedad, o, en cualquier caso, presuponiendo cuáles debían ser mis convicciones morales y religiosas y negando, por tanto, la plena libertad para emitir un juicio personal, libre y consciente sobre las convicciones nombradas, me había movido a renunciar a la fe y a la doctrina católicas.

La fe religiosa puede ser consoladora, pero igualmente puede resultar repugnante para muchos. Por mi parte, nunca he sentido la necesidad de obtener consuelo en la religión. Nunca he “sentido” llamado alguno y confío en que, si Dios decide llamarme, no lo haga con una de esas “pruebas”. La existencia de Dios no se puede demostrar, lo que me convierte en agnóstico. No es sinónimo de ateo, pero, de hecho, ni el ateo ni el agnóstico reconocen la existencia de Dios. A estas alturas de mis años, la convicción es tan firme como lo era en mi adolescencia.

El autor es abogado y doctor en filosofía.