El diseño literario impresiona por el toque magistral de los tiempos simultáneos. Leonardo arma un grotesco rompecabezas kafkiano en torno a una trama histórica conocida: el despiadado asesinato de un auténtico revolucionario, León Trosky, por el estalinista español Ramón Mercader. La prosa puntual y las descripciones fabulosas de ambientes y protagonistas complementan una narración excepcional.
El hombre que amaba los perros es un clásico contemporáneo, el escritor cubano con magia sale de su piel para convertirse también en personaje y nos demuestra que la máxima de Gregorio Marañón de que la vida es más ancha que la historia, tiene mayor validez cuando los victimarios de Trosky quedan al desnudo y la trascendencia de Trosky, como uno de los líderes de la revolución de octubre de 1917, se agiganta.
Padura crea con sutileza psicológica un suspenso agobiante al conducir al lector a una situación de ansiedad que le impide dejar de leer. Los perfiles anímicos de los protagonistas son paradójicos. El novelista inicia con Caridad, la madre obsesiva y posesiva de Ramón Mercader, una mujer manipuladora, cínica, de extremos sicóticos.
La tragedia de la Guerra Civil española, la recrea desde la perspectiva de la lucha por el poder en el bando republicano. Stalin impone la política de terror con el control sobre los diferentes militantes ideológicos y políticos que luchan contra el fascismo de Franco.
Leonardo nos da una visión de Trosky, desde el exilio siberiano, es el itinerario del desterrado por Turquía, Noruega, Francia y finalmente en México.
La fortaleza de Trosky es la de un contestatario contra la sistematización del miedo impuesta por un sociópata como Stalin, el sepulturero de la revolución de Lenin, el carnicero de más de 20 millones de rusos.
Padura descubre el antisemitismo de Stalin en complicidad con Hitler. Leonardo nos hace una pintura cruel de un déspota como Stalin. El tirano asesina a los principales dirigentes, sobre todo judíos, de la revolución del proletariado.
Ramón Mercader es una máquina de matar que perfecciona Stalin contra todos los que se le oponen.
Padura sitúa a Ramón Mercader en Cuba, protegido por Fidel, luego de la estancia en Moscú, después de su liberación. Leonardo, sutilmente, nos hace una semblanza de la desesperante vida cotidiana en un país socialista, en permanente crisis, como lo es Cuba.
Padura nos hace solidarios con lo que sufren los escritores en un régimen sin libertades, nos recuerda a Reinaldo Arenas cuando escribe en el silencio opresor de la clandestinidad.
Los Estados policíacos nunca pueden eliminar el derecho a soñar y el imaginario de un escritor. Leonardo vive en Cuba y la novela se lee en su país, es el glasnot de un Estado socialista agónico.
El hombre que amaba los perros es la macabra conjunción entre víctima y victimario. Ramón Mercader sufre emocionalmente cuando Trosky impide que lo maten los guardaespaldas.
Ramón, en “libertad” vive una vida amorfa, con grandes desgarramientos al descubrir que solo es una marioneta del país del miedo, el instrumento criminal de una conjura de odio, alimentada por mentiras, como lo expresa con ironía el poeta ruso Maikovski antes de suicidarse: Stalin es la mierda petrificada del presente, en referencia a la intolerancia e inmovilismo de un autócrata que traiciona a la revolución rusa.
El autor es escritor
