Hace poco pensaba que el presidente había hecho lo correcto al no decretar libres los días en los cuales Panamá jugará su primer Mundial. Decía, cual seudoanalista político de Twitter, que Varela había tomado “un paso en la dirección correcta”.
Me sumergía en un profundo análisis repitiéndome que, por fin, el mandatario parecía entender que lo correcto es mantener adelante la pica y la pala, sin repetir aquel comportamiento digno de un exnovio borracho que, en plena madrugada, lanzaba un tuit decretando libre ese mismo día.
Sin embargo, justo cuando el optimismo terminaba de inundarme, comprendí las consecuencias de esa decisión presidencial. Mi subconsciente me hizo caer en cuenta que dos de los tres partidos de Panamá coinciden con horas laborables y que, gracias a lo resuelto por el presidente, esos partidos transcurrirán mientras el país se encuentre trabajando.
Mi preocupación aumentó cuando descubrí que el presidente motivó a que se instalen pantallas en las oficinas. ¿Qué clase de idea es esa? ¿Cómo se supone que se disfruta un partido de fútbol en plena oficina? ¿Cuál es la manera apropiada de celebrar un gol junto al jefe? Y, peor aún, ¿qué hace uno si quiere gritarle improperios a Gavilán Gómez –nuestro Thomas Gravesen de San Miguelito– pero está rodeado del personal al cual uno mismo debe darle buen ejemplo? ¿Y qué si Matador Tejada –nuestro Ronaldo de San Joaquín– clava una chilena como la de 2005? ¿De qué manera se pierde la compostura sin perder el empleo?
Mi ánimo terminó por derrumbarse cuando recordé que sucesos como ese también se darán en las oficinas del Gobierno. Imagínese al señor del archivo –que profesa ser martinelista– llorar sobre el hombro de la señora de la caja –que es varelista de convicción– cuando suene nuestro himno nacional en Sochi. Inaudito. Entonces pasé a imaginarme al personal del Canal de Panamá, específicamente al ingeniero Quijano gritando los goles de Gaby Torres –la joven promesa de 30 años– junto a los capitanes de remolcador y analizando con ellos si la selección necesita tres o cuatro capitanes, perdón, quise decir defensas. ¡Una afrenta a todas luces!
Finalmente, pensé en la posibilidad de que el partido coincida con una audiencia de Martinelli. No pude evitar sentir vergüenza al imaginar al fiscal Harry Díaz gritar, abrazado del exmandatario, un gol de Ismael Díaz –nuestro Messi criollo. Mayor vergüenza sentí al pensar en Camacho agarrado de manos con Balbina, mientras Penedo –el santo de Campo Lindbergh– tapa algún remate de Túnez. ¡Alguien tiene que detener esto!
Ninguno de esos escenarios debe ver la luz. El presidente tiene que dar marcha atrás y no decretar libres los días en que juega Panamá, pero no por la economía, sino por el bien de la identidad nacional.
Ser panameño, se sabe, consiste en pelear por todo, hablar solo de política y no ponerse de acuerdo en nada, pero el Mundial nos arruinará, pues, estaremos obligados a convivir todos juntos, apoyar la misma causa, sufrir las mismas penurias y celebrar las mismas alegrías. Por espacio de al menos tres días, el acontecer nacional no girará en torno a la política y eso sí que es un absurdo porque, después de todo, el país no puede dejar de lado el cólera por un simple balón.
El autor es abogado
