El idioma, en situaciones de desastre, se convierte en un hecho social con densidad política y simbólica. El devastador terremoto de magnitud 7.7 registrado en la región central desató una catástrofe humana caracterizada por viviendas colapsadas, fallas en los servicios de agua potable, miles de personas afectadas y la destrucción parcial de templos católicos históricos, corazón del patrimonio arquitectónico e identitario de Coclé, Herrera, Los Santos y Veraguas. En ese escenario de duelo patrimonial y comunitario, la declaración presidencial de «vamos a dejar el bochinche y a atender las cosas serias del país» pretendió actuar como una instrucción de ordenamiento cívico. La recepción social del enunciado, no obstante, reveló una profunda fractura entre la lógica institucional y la realidad del desastre.

Desde la etimología y la filología románica (Corominas y Pascual, 1980), bochinche se emparenta con bochincho (‘sorbo’ o ‘trago pequeño’), derivado del vocablo buche. El origen del término remite a la cavidad bucal: el trago retenido en la boca o el soplido sofocado, cuyo sentido habría migrado hacia la emisión de murmullos o confidencias en voz baja. Desde la perspectiva sociolingüística (Rodríguez, 1997), la murmuración constituye una red informal que cumple funciones de evaluación cívica. En el ámbito lexicográfico, mientras el Diccionario de la lengua española (RAE, 2023) lo define como «tumulto, barullo, alboroto o asonada», el registro dialectal compilado en el Diccionario de americanismos, editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE, 2010), acota nuestro uso: en el istmo, bochinche se emplea con el sentido de chisme o murmuración.

Su plasticidad morfológica sostiene una familia léxica completa: el sustantivo bochinche, los adjetivos bochinchoso, bochinchosa, bochinchero y bochinchera, y el verbo regular bochinchear. Los adjetivos también pueden emplearse como sustantivos para designar a quienes participan en el bochinche.

Cuando la máxima autoridad del Estado utilizó esta voz para calificar el flujo de información en medio de una crisis que sacudía y crispaba al país, se produjo un agudo e inesperado cortocircuito pragmático. En la teoría de los actos de habla propuesta por John Austin, la eficacia de un enunciado depende de sus condiciones de adecuación situacional. El principal vector de este cortocircuito fue la desigualdad estructural del país. El desajuste comunicativo ocurrió al chocar dos marcos interpretativos irreconciliables: la fragilidad de las viviendas campesinas y la pérdida de estructuras patrimoniales en las provincias centrales contrastaron con la continuidad funcional de la capital. Para el Poder Ejecutivo, la frase intentaba censurar la desinformación en redes; para una población golpeada por la inequidad social, aplicar la etiqueta de bochinche al pánico, a las fisuras en los templos centenarios y a la falta de ayuda constituyó un acto de descalificación que despojó al dolor ciudadano de su legitimidad.

Frente a esta deslegitimación discursiva, la lengua viva operó una resignificación exprés. En cuestión de horas, la palabra fue capturada por la cultura popular e incorporada a la protesta ciudadana. Cuando un grupo de jóvenes colocó a orillas de la carretera un cartel que reproducía el vocablo, la ironía desarmó el sentido original del enunciado: la orden de silencio fue convertida en un espejo del descontento. La posterior intervención de unidades policiales para intentar retirar la pancarta evidenció la tensión del aparato estatal ante la polisemia, transformando el rumor local en un objeto de control del orden público.

Este análisis del vocablo bochinche en el contexto del sismo de la región central demuestra que las palabras no son neutrales en la gestión pública. Al rotular la demanda de auxilio como un murmullo irrelevante, el discurso institucional profundizó la percepción de que las urgencias periféricas son postergadas. La efectividad de la comunicación en momentos de emergencia depende de la sintonía entre el rigor técnico y la resonancia afectiva; ignorar la desigualdad como eje de la recepción lingüística puede transformar un desastre natural en una crisis de legitimidad social.

El autor es periodista y filólogo.