El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta brasileña es mucho más que una victoria electoral. Es la demostración de que un pueblo organizado y movilizado puede torcer un resultado que el dinero y las encuestas daban por hecho. El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había ganado la primera vuelta con el 47.03% de los votos válidos contra el 45.16% de Lula. En la víspera del balotaje, los sondeos hablaban de empate técnico. Este domingo, Lula se impuso con el 51.75% frente al 48.25% y obtuvo su cuarto mandato. No fue suerte ni fue magia. Fue gente en la calle.

Ningún poder político o económico puede dar por sentada la voluntad de un pueblo que conserva su capacidad de organizarse, movilizarse y participar activamente en la defensa de sus derechos.

El dato decisivo no es el del ganador, sino el de la participación. En las segundas vueltas brasileñas la abstención suele crecer. Esta vez ocurrió lo contrario: bajó, mientras los votos en blanco y los nulos también retrocedieron. Así que el que no fue a votar el 4 de octubre fue a votar el 25. Y nadie sale un domingo a votar por inercia; a ese ciudadano lo buscaron, lo convencieron, lo acompañaron.

Terminales de autobuses repletas en el nordeste, barcos con banderas de Lula, filas que no se dispersaron cuando el transporte público falló en São Paulo y en Bahía, al punto de que el Supremo Tribunal Federal extendió la votación hasta las siete de la noche. Un pueblo que llega a las urnas a pesar de los obstáculos no es una masa que se arrea: es una voluntad que se organiza.

En muchas ciudades la movilización desbordó a partidos y sindicatos. Eso no desmiente la lección; la completa. Las organizaciones sociales y gremiales construyen el cauce; la ciudadanía lo desborda. Sin cauce, en cambio, no hay corriente: hay charco.

Y no fue una pelea solo doméstica. Brasil votó después de soportar las presiones arancelarias de la administración Trump, que en 2025 hizo suya la causa de Jair Bolsonaro, hoy condenado por la trama golpista. Frente a ese respaldo externo, y frente a poderes económicos de corte neofascista, Brasil se jugó su soberanía. Se la jugó también en las pantallas, donde algoritmos privados deciden qué se ve y qué se entierra. El propio Partido de los Trabajadores admitía que la derecha tenía un ecosistema digital más eficaz. La respuesta no fue el lamento, sino la organización, también en la red. Empinarse sobre la manipulación cibernética no consiste en apagar el teléfono, sino en ocupar ese espacio con gente organizada.

En Panamá, primero fueron los maestros, después el Suntracs, ahora los médicos; esa escalera ya la conocemos. La pregunta hoy es otra: ¿qué nos falta para hacer lo que acaba de hacer Brasil? No es unidad: Brasil estaba, literalmente, partido por la mitad. Lo que Brasil tiene y nosotros hemos perdido es la capacidad de convergencia: organizaciones distintas, a veces rivales, que en el momento decisivo saben caminar hacia el mismo lado.

Aquí, cada gremio libra su propia guerra y la pierde solo. El gobierno de Mulino no necesita derrotar a la sociedad; le basta con enfrentarla por pedazos, un sector a la vez, mientras el resto mira desde la acera. Divide y vencerás, como se ha dicho siempre. Y la acera está llena: unos por indiferencia, otros por oportunismo, otros por complicidad.

La movilización no garantiza por sí sola una victoria, pero la desmovilización garantiza la derrota, aunque tarde en llegar. No hay democracia sólida sin organización popular, ni libertad que sobreviva indefinidamente a la indiferencia de quienes deberían defenderla.

El triunfo de Lula no borra la polarización de un país en el que casi la mitad votó en su contra. Pero deja una certeza: cuando las organizaciones abren el camino y la ciudadanía lo recorre, ni el dinero, ni los algoritmos, ni las encuestas tienen la última palabra. La defensa de la democracia no puede delegarse en los partidos, los dirigentes sindicales o los gremios profesionales. Es una responsabilidad colectiva que empieza por no dejar solo al que hoy está peleando.

Porque cuando un pueblo renuncia a organizarse y movilizarse, no solo arriesga las conquistas que tanto le costaron: corre el peligro de perder hasta la capacidad de recuperarlas.

El autor es abogado.