Para la mayoría de nosotros, los médicos, “ayudar a los demás” o “luchar contra las enfermedades” son, en términos generales, las respuestas que solemos dar durante nuestros años mozos cuando nos preguntan ¿por qué queremos ser doctores?
Ciertamente, estas respuestas románticas son muy válidas entre la mayoría de los que estudiamos la carrera. Etapa esta en la que el idealismo se desborda por nuestra piel, y el “temor a nada” es nuestro escudo invencible. Comparto esos ideales y reconozco mi admiración por aquellos colegas que persisten, indoblegables, en la práctica de tan nobles sentimientos.
Indefectiblemente, con el paso del tiempo nuestra manera de ver las cosas también puede ir cambiando. Al margen de que sirva para curar o consolar, lo cierto es que la medicina es una muy buena profesión. Bien llevada, la mayoría de las veces, permite obtener logros personales, reconocimiento social e ingresos económicos nada despreciables, que suelen apuntalar una vida digna y cómoda.
¿Es incorrecto o denigrante decir que con la medicina se lucra?, no lo creo. Es una profesión con sus particularidades y especialidades, con sus simplezas y complicaciones, con sus momentos de tensión y sus grandes satisfacciones. En fin, situaciones que también se comparten en otras honorables formas de ganarse la vida y que, sin lugar a dudas, nos permiten mantener nuestra vida y echar para adelante una familia, porque solo de agradecimientos no se vive.
Lo importante en la medicina es ejercerla, convencidos de lo que hacemos bien, dentro de las guías y normas técnicas o procedimentales, además de manera respetuosa y honesta, con nosotros mismos y nuestros pacientes.
Sin embargo, nada de lo anterior tendría la mínima importancia sin una buena actitud. La verdad es que entre un sabiondo y una persona diligente, pesa más la segunda. Pero, cuidado, tampoco la idea es ponernos en manos de un chamán proactivo. El buen carácter, la disposición para aprender, seguir lineamientos consensuados y acoplarse al trabajo en equipo son cualidades que hacen mucha falta en nuestros centros sanitarios. Estoy seguro de que es lo que todos preferiríamos, antes de tener por compañero a un geniecillo que le saca el cuerpo al trabajo, que siempre llega tarde, que maltrata a los pacientes o, simplemente, que se maneja con displicencia en su entorno laboral.
La mala actitud en la medicina se puede diseminar, como un germen muy contagioso, porque no solo afecta al individuo, sino que puede contagiar a otros profesionales, instituciones sanitarias y hasta gobiernos, echando por la borda estupendos programas de trabajo, sin el menor recato. Siendo así, el antibiótico para combatirla es la introspección de cada quien; además la vacuna preventiva sería aplicar el buen ejemplo de los maestros y superiores, mediante el desarrollo de sus labores, siempre enmarcadas en los valores.
A pesar de este serio problema de actitud que, infortunadamente y para acabar de rematar, ha generado propuestas legales punitivas discriminadoras por parte de legisladores que no tienen nada mejor que hacer, son más los médicos panameños que apuestan por la decencia, la enseñanza, la calidad y el humanismo.
No nos dejemos avasallar, luchemos por la grandeza de nuestra profesión y por la sincera sonrisa de satisfacción de nuestros pacientes. ¡Feliz Día del Médico!

