La magia de Disney nos ha transportado por generaciones a un mundo colorido y fantástico, no carente de un mensaje moral. Recientemente, en mi condición de abuelo, pasé dos horas viendo la última película de Moana, la princesita que, valientemente, se aleja de su isla Motonui buscando al semidiós Maui para reconectarse con el mundo y rescatar la prosperidad de su pueblo.

La fábula cuenta que Motonui fue próspera gracias a las dádivas que le dispensó la diosa de la naturaleza con su piedra mágica. Pero Maui, el semidiós del mar y del viento, dispersa los encantos de la piedra, que no eran otros que el poder de creación y conexión entre toda la humanidad.

Sin el poder de la piedra, la isla languidece. Las cosechas y la pesca decaen. La misma población no puede generar nuevas respuestas y se ve rehén del peligroso arrecife que la rodea y que fue la fuente de su prosperidad, pero ahora es su propia jaula ante el mundo.

Moana presiente que es necesario volver al océano buscando los poderes mágicos perdidos. Y, sin mayor experiencia ni corpulencia, salva el arrecife y las vicisitudes del océano y del clima. Busca y encuentra a Maui. Lo suma a su empeño y juntos vencen los retos y conectan con sus orígenes y, con ello, devuelven a su pueblo su espíritu abierto, que promueve su prosperidad.

Linda historia y una lección moral. Panamá ha sido como Motonui. Un istmo bendecido por su posición geográfica, por ideas e iniciativas, consecuencia de sus antecedentes liberales y de ese vivir expuestos a la intemperie global.

Ese vivir del océano y no del arrecife nos formó como una sociedad amplia y tolerante. Tratamos de educarnos nutridos de lo mejor, adoptamos un modelo económico abierto, relaciones comerciales y culturales extensas. Este mirar al mundo nos hizo, mucho antes que los vecinos, simpatizantes de posturas liberales como el reconocimiento de derechos como los de la mujer, el divorcio y la seguridad social.

Pero todo paraíso incuba su serpiente.

Poco a poco, por satisfacer fantasiosas posiciones políticas y nacionalistas, hemos apoyado y promovido la apertura de ciertos sectores, como el sistema empresarial y comercial. Pero protegemos otros a ultranza, como la economía local, la migración, la educación y las profesiones.

Este “modelo”, que se exacerbó durante la dictadura militar y que bien puede llamarse corporativismo, consiste en perpetuar un Estado que pretende quedar bien con todos. La apuesta de esta concertación artificial era aportarnos una creciente superación material y espiritual. ¡Pero no! Porque, como se ha sabido por siglos, el secreto del fracaso es tratar de complacer a todos todo el tiempo.

Como el arrecife de Motonui, el “modelo” languidece. Por una parte, los sectores que se han protegido, con la esperanza de que se fortalecieran y crecieran, se han convertido en roscas agremiadas, capturando rentas y canonjías que les genera esa exclusividad. La protección del saber nacional ha sido un rotundo fracaso. Un sistema educativo al garete y una educación pública sin medición de alumnos ni maestros. La calidad de los conocimientos y de las profesiones va en caída libre por la endogamia intelectual que nos imponemos. Hemos acabado con la posibilidad de la autocrítica y la racionalidad.

Este aislamiento cómodo y arrogante está pasándonos la cuenta. Nuestros índices de desempeño frente al mundo son deplorables. No nos atrevemos ni a competir en las pruebas de educación, como PISA, por lo mal que estamos. Nuestras escuelas de medicina, salvo dos, no están capacitadas para su tarea. Nuestro gasto en ciencia y tecnología es una burla, con graves consecuencias para la formación científica del país.

¡Y qué decir de las actividades económicas! Cada día cuesta más dinero, esfuerzo y paciencia generar un empleo. Así, con raras excepciones, los emprendimientos requieren subsidios o incentivos fiscales porque nadie cree poder obtener un rendimiento decente con unas reglas de mercado intervenidas o politizadas. Los sectores protegidos, como el campo y la industria, así llamados a darnos seguridad alimentaria y fabril, no han mostrado dinamismo ni para sustituir eficientemente importaciones ni para exportar.

Esta homologada desidia también ha quitado bríos a los sectores abiertos. El sistema financiero, lejos de mirar hacia afuera, se ha vuelto un cartel de instituciones reacias a los cambios del mundo hacia la digitalización y la universalidad. El concepto de zonas libres y el sector marítimo ya cedieron a leyes que protegen “lo panameño” sin mirar sus capacidades ni su competencia. Le hemos dado la espalda al mundo para depredar en el arrecife.

Para sostener este modelo “bonapartista” nos hemos creído todos los mitos nacionalistas y sectarios. Hemos entrado en un proceso de implosión social e ideológica, cada vez más influenciados por supersticiones y sectarismos y regidos por un sistema político egocéntrico y blindado al acceso popular. Somos cada vez menos universales y cada vez más parroquiales y mojigatos.

1

Competencia y excelencia

2

Mayor apertura

3

Reglas de mercado menos intervenidas

4

Conectividad y creación

Como en la fábula de Disney, tenemos que salir a buscar a Maui. El Maui de la conectividad y la creación, y de sus consecuencias: la competencia y la excelencia. Y no se trata del capricho de una princesita de la fantasía de Walt Disney. Se trata de una nación entera, atrapada en su maraña de concesiones y privilegios que, habiendo sido motor de su prosperidad y su prestigio, sus habitantes, descreídos, arrogantes e indolentes, hemos convertido en el arrecife peligroso e inseguro que nos aleja del mundo contemporáneo.

El autor es director de la Fundación Libertad.