SECULARISMO

Para caminar

Para caminar
Para caminar

Buscar una guía existencial, cuyos parámetros conduzcan ante todo a evitar el sufrimiento, el propio y el ajeno, fue mi tarea por largo rato.

Requisito sine quanon era obviar ordenanzas dogmáticas, porque difiero con la creencia de que son las ideas religiosas las que mantienen el orden social y la virtud. La historia da cuenta de que no sólo coartan el libre uso del intelecto, sino que han fomentado la crueldad y provocado grandes derramamientos de sangre. Preciso: lo siguen haciendo.

En el último libro del israelita Yuval Harari, “21 Lessons for the 21st Century” el autor dedica un capítulo al secularismo; sus líneas sirvieron para ver con claridad el camino que he seguido: cómo vivo y cómo tomo mis decisiones. Lo hago como secularista.

En el siglo pasado, el filósofo y matemático inglés Bertrand Russell, que admiro tanto y cuyas ideas y vida, gracias a varios libros, conozco al dedillo, se veía obligado a justificar constantemente lo que entonces era un anatema insufrible: su agnosticismo.

Con Harari descubro que basta declararse secularista para resolver ese nudo gordiano; es una filiación meritoria y respetable que no alarma a los puristas religiosos, aunque se guía por conceptos diferentes.

Qué es el secularismo? Harari otorga magníficas definiciones, no sólo del ideal secular, sino del comportamiento de los que hemos desarrollado esa forma de conciencia humana. Veneramos el razonamiento, aspiramos al bien común con justicia, la solidaridad es una fuerte raigambre, y analizamos los hechos según la evidencia y la ciencia.

Una educación de corte secular enseña que si no sabemos algo reconocemos nuestra ignorancia. Y aún si creemos saberlo, damos cabida a la duda, verificando o revisando una y otra vez si ese tenor sigue vigente, porque avanzamos vertiginosamente en los diversos campos del conocimiento.

A lo largo de la vigencia humana se ha creído que si no nos sometemos a la voluntad divina (obedeciendo a la casta sacerdotal del momento y de nuestra cultura), la sociedad se derrumbaría.

Pero la historia moderna ha demostrado lo contrario: que una sociedad integrada por individuos valientes, dispuestos a admitir ignorancia sobre lo que es un gran misterio, y a formular preguntas difíciles con miras a encontrar respuestas sólidas, no sólo es una sociedad más próspera, sino más pacífica.

El compromiso más importante del secularista es con la verdad. Para los que somos secularistas, no hay precio por el que venderíamos la libertad de cuestionar ni cederíamos a nadie el timón de nuestro intelecto. Decidimos, con los ojos abiertos, que el camino de una vida moralmente correcta es reconociendo que todos habitamos la misma maravillosa nave sideral, que en este mercado de abundancia que llamamos Tierra hay suficiente para todos, y como la solidaridad nos conviene, es imprudente permitir que algunos acaparen mucho y otros queden desnudos y con hambre.

Nosotros, los seres mortales, somos los responsables por lo que hacemos o dejamos de hacer, y consideramos necio esperar que las soluciones lluevan del cielo.

Si el mundo está lleno de miseria, toca resolverla. Las personas seculares se enorgullecen de los inmensos logros del ingenio del hombre, y no damos el mérito a un protector divino.

El ideal al que aspiramos los secularistas es la honestidad, el respeto por la vida, la solidaridad, la equidad, y el respeto por las ideas de todos, aunque difieran totalmente de las propias.

Por último, los secularistas creemos que los logros extraordinarios de algunos congéneres surgieron de oportunidades privilegiadas, por lo que es justo subsidiar temporalmente a los que, por circunstancias adversas, vienen atrasados.

La autora es escritora 

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