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Carne de cañón

Carne de cañón
La vacunación infantil es uno de los principales mecanismos de prevención de enfermedades. Foto/La Prensa

Cuando imaginé que la ignorancia por escogencia y la desinformación para hacer daño por deporte resurgirían temprano y pronto sobre los cientos de miles de cadáveres que dejó la pandemia, no me equivoqué. Los mismos negacionistas de la ciencia estaban cerca, mucho más cerca, y ahora desde posiciones de mando y jurisdicción. Valen la blasfemia protegida y auspiciada, los tribunales de injusticia.

Hace una semana, el pasado lunes 10 de agosto, con el peso de una peligrosa orden ejecutiva, se instruyó a los funcionarios federales y estatales de Estados Unidos a realizar cambios, no solo desacertados sino también graves, sin ningún consenso científico, en las políticas de inmunización, tan celosamente elaboradas durante años por organismos especializados, sin ninguna memoria ni reciente ni educada, de los costos humanos de pandemias y enfermedades endémicas cuando no se tienen vacunas. Ya lo describí antes: morgues, aceras y calles de las ciudades abarrotadas de muertos infectados, hospitales hechos camas con gente boca abajo para llevarles el oxígeno desde respiradores compartidos entre cuatro moribundos, enfermeras, terapeutas respiratorios y médicos vestidos como astronautas, repartiendo sus manos entre vivos y muertos. Hay que ser muy canalla para despreciar estos hechos y memorias y dirigirnos nuevamente a aquellos dantescos espectáculos humanos.

Para quienes somos pediatras entrenados y estudiosos, esta desafortunada decisión sí afecta a la población pediátrica a escala global y requiere un esfuerzo mayor de nuestra parte para denunciar el desacuerdo con tan onerosa dirección y asegurar a los padres de los niños que las sociedades médicas pediátricas seguimos adheridas a los consejos y recomendaciones de la ciencia de las vacunas y la vacunación, que de estas sociedades emanan con responsabilidad y evidencia.

No hay ninguna justificación sensata para el origen de esta orden ejecutiva porque no la hay y, mucho menos, frente a un brote creciente de casos que se inició en Texas el año pasado, donde dejó algo más de 2,200 infectados confirmados. Peor aún, más que coincidencia, existe el conocimiento no atendido de que los niños están por regresar a las escuelas y la temporada de los resfriados y la influenza ya está por florecer. Este mandato a ejecutar parece ser la factura para, si no doblegar, desprestigiar a la medicina y la ciencia, a los médicos y a los hombres y mujeres de ciencia, desde un útero enfermo, cuya concepción debe abortarse. A ratos pienso si se trata de un deseo no oculto de borrar el respeto a todo lo que lleve el apellido Kennedy, lo que el narcisismo no tolera.

El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas. Los casos que se complican causan infecciones severas en los pulmones y el cerebro, lo que se traduce en muerte o secuelas incapacitantes. Se conoce que 1 de cada 5 personas no vacunadas terminará hospitalizada; 1 de cada 1,000 niños con sarampión desarrollará hinchazón o edema del cerebro con el riesgo de invalidez y muerte. Hasta 3 de cada 1,000 niños infectados morirán. Al 13 de agosto ya hay en los Estados Unidos 2,566 casos confirmados de sarampión en 2026. Este número es el mayor registrado en ese país desde 1991, hace 35 años. El 93% de los individuos infectados no está vacunado y se han producido 169 hospitalizaciones hasta ahora.

Todo niño, como lo enfatizan la Sociedad Panameña de Pediatría y la Academia Americana de Pediatría, tiene el derecho a crecer seguro y protegido. Esa seguridad y protección se garantizan con el acceso a todas las vacunas seguras y eficaces contra enfermedades infecciosas. Disminuir el número de estas probadas vacunas y destinarlas a edades superiores a las recomendadas hasta ahora aumenta el riesgo de adquirir la enfermedad antes de alcanzar las nuevas edades de vacunación. Volver a aplicar tres inyecciones separadas en lugar de una MMR o triple viral implica tres visitas al centro de salud o clínica con el riesgo probado de no atenderlas todas, aumenta los costos de atención y contradice la perorata de que “se aplican muchas vacunas a los niños muy temprano”.

Aparte de las consecuencias nefastas de todas estas decisiones sin bases científicas o evidencia probada, la salud pública tendría que escoger qué programa de vacunación suspender para cumplir con nuevas obligaciones que asfixian sus recursos, como viene ocurriendo, las compañías de seguros no cubrirían los nuevos gastos que todo ello implica y, mucho menos, si se acoge la improbable y nunca probada relación causal de la vacuna MMR con los trastornos del espectro autista, no solo falsa sino canalla. El abuso es mayúsculo y la vergüenza no existe para divulgar tanta imprecisión y desconocimiento. No se puede permitir utilizar a los niños como “carne de cañón”. Los pediatras debemos optar por posturas verticales y firmes para proteger el crecimiento sano y seguro de todos los niños, con voces altas y claras.

El autor es neonatólogo y pediatra.


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