Siento hambre, un leve rayo de luz recorre mi ojo derecho hasta llegar a la punta de mi nariz. Me levanto del suelo, recojo las sábanas que improvisan una cama y me dispongo a empezar mi día. Afuera se encuentra mi madre con su tradicional nahua azul, su cabello recogido, y con fuerza revuelve lo que será nuestra única comida: arroz, yuca y guineo. Cuánto desearía una presa jugosa de carne, es una maravilla cuando el dinero nos alcanza para comprar unas cuantas patitas y pescuezos de gallina, ¡todo un festín!
Tomo mi único uniforme. Gracias a las remendadas de mi abuela he podido sobrevivir con él dos años.
Junto con mis hermanos nos decidimos a emprender el camino de dos horas para poder llegar a la escuela. Por suerte, hoy no está lloviendo, no llegaré con los pies llenos de lodo.
¿Estudiar? ¡Me encanta¡ Cuando crezca me gustaría estudiar turismo y poder enseñarle al mundo nuestra cultura, nuestro Panamá, poder conocer países distintos, aprender varios idiomas y, sobre todo, tener una casota donde pueda llevar a mis papás y abuelos, cuidar a mis hermanos, poder usar una computadora, poder disfrutar de eso que llaman wifi, que alguna vez escuché por la radio. ¡Yummy¡, poder ir a un restaurante y pedir todo lo que se me apetezca, ese de la ‘M’ amarilla. En fin, ¿soy feliz?, claro.
A pesar del hambre y sed, agradezco a Dios por un día más de vida, pero eso sí, le pido que por favor me ayude a salir de la comarca, no porque no me guste, es mi hogar y la tierra nos ha dado de vivir por muchos años, sino para mejorar nuestras condiciones, para conocer qué es vivir sin tener que dividir una libra de arroz entre 10 personas. Pero no hablemos tanto de mí, ya te conté cómo es mi Panamá. Ahora dime, ¿cómo es tu Panamá?
Es impresionante saber cómo un país que está en constante crecimiento, todavía en nuestras comarcas, nuestras insignias culturales, aún existan condiciones donde las personas viven en extrema pobreza, sin alimentos suficientes, sin agua potable accesible y constante, sin educación, con una salud escasa, transporte inexistente y caminos de difícil acceso.
En cifras reveladas por un estudio sobre el analfabetismo en las comarcas realizado en los años 2000–2010 (Cepal) se observa que en la comarca Ngäbe Buglé, el 54% de las mujeres mayores de 15 años no sabe leer ni escribir, seguido por 34% de los hombres. Haciendo el mismo estudio en la comarca Guna, el 41% de las mujeres mayores de 15 años se encuentra en las mismas circunstancias, seguido de un 20% de los hombres.
A pesar de todo, aún se observa en la niñez ese deseo de aprender, la sed de descubrir y abandonar su ignorancia. Ha recibido tantas promesas que entre sus ojos solo divisa el lienzo de una realidad insostenible.
Una investigación sobre la pobreza en las comarcas, proporcionada por la empresa Deloitte (2015), demuestra que se refleja una pobreza extrema de 96% de la población.
En Panamá, con todas sus riquezas, no debería existir la pobreza en ningún rincón, pero producto del desequilibro social, político y económico que nos carcome, donde un grupo de personas conserva las mayores riquezas, mientras los demás luchan por alcanzar una vida sostenible, el restante de esta ecuación da como resultado un porcentaje de personas que no cuenta con los medios adecuados, rasguñando las miserias que con mucho sacrificio se ganan.
Hay que entender que esta gran factura no se recuperará con cinco años de gobierno, pero si tan solo cada líder dejara su huella, para que poco a poco estas personas puedan ir desarrollándose, para que la educación sea superable, viviendas adecuadas, una salud digna, se podrían ir creando los cimientos del fin de la pobreza en nuestro país.
Tomemos conciencia y entendamos que no hay varios Panamá, hay uno solo que pide auxilio para calmar tanto dolor producto de la ambición, avaricia y egoísmo de los demás.
No esperemos a tener que llegar a situaciones inadmisibles, donde solo alcance el último suspiro del viento y la ilusión de la luz al final del arcoíris.
La autora es estudiante de derecho y ciencias políticas.