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El caudillismo: un gran liderazgo o la meta de los tiranos

“Esta y no otra es la raíz de donde surge el tirano; cuando él aparece como un protector”. Platón

Latinoamérica ha dependido de los “grandes líderes” para recordar que podemos ser distintos, que tenemos esa autonomía. Estos, sin importar su pensamiento, tienen una característica en común: “querer lo mejor para el pueblo”. Pero esas palabras tan dulces realmente no significan algo bueno. Y es que, al satisfacer una supuesta necesidad, terminan creando mecanismos para seguir siendo adorados.

Un caso muy interesante es el de Venezuela: Hugo Chávez, un caudillo de izquierda, militar de toda la vida, cansado por la represión vivida por la clase “burguesa”; que llevó a cabo una revolución y se ganó el amor del pueblo. Ahora, tras un quinquenio de su fallecimiento, su influencia política ha logrado posicionar a su “heredero” en el poder. Fue tanta su determinación para combatir el “imperialismo” y abuso de clases, que una mayoría ha legitimado las acciones con las cuales mantenía el poder. A pesar de que muchos aceptan que en su primer mandato iba enfocado a lograr “lo mejor para el pueblo”, en el segundo, sus decisiones no eran las mismas, ya que regalar petróleo a países vecinos y adquirir préstamos impagables a potencias no ayudaba al venezolano a subsistir, sino que perpetuaba su poder ante las amenazas de naciones extranjeras, costumbre que ha llevado a Venezuela a una grave crisis económica. Otro caso es Álvaro Uribe, el expresidente de Colombia, quien lleva dos décadas influyendo en el poder nacional, a pesar de haber sido acusado de crear monopolios y subsidios para beneficiar a su familia y allegados, y sobornar para lograr la modificación constitucional para ser reelegido, entre otras. Uribe no ha sido juzgado por ninguna de ellas y se comenta que la mayoría de sus acciones son aceptadas por el pueblo, pues lo posicionan como el salvador de la República de Colombia. Esto ha dado como resultado su participación activa o pasiva de las últimas cinco elecciones presidenciales, a tal punto que los militantes del Centro Democrático (partido de gobierno) decían que votaban “por el que diga Uribe”. Esto ha convertido Colombia en una nación dividida, intolerante, violenta y denigrante, lo cual es un escenario muy parecido al espectro político venezolano, pero sin la crisis económica: dos bandos que se odian mutuamente con estos “grandes líderes” como la razón de la desunión de un país. El odio, la discriminación, la segregación de un pueblo no son el resultado de un gran líder. Tampoco debería tener como fin perpetuarse en el poder, ni brindarle las migajas a su pueblo, pues, a la final, es un servidor público y por eso, es que la existencia de un caudillo no es el significado de un gran líder, sino el sinónimo de un amado tirano o al menos, el paso previo a este.


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