A punto de completarse la primera mitad del actual quinquenio político, resulta oportuno llevar a cabo un balance sobre el desempeño de lo que podemos considerar una auténtica oposición, representada por la bancada legislativa de Seguimos y el movimiento político Vamos. Ambas fuerzas defienden la instauración de una política cimentada en principios éticos y orientada a erradicar las prácticas inmorales, corruptas e ineficientes que han caracterizado históricamente a nuestra clase política.
Los partidos tradicionales han mostrado que buscan el poder tan solo para salvaguardar sus propios intereses, sosteniéndose en un clientelismo desenfrenado que los panameños hemos financiado con nuestros recursos. Jamás han ejercido una verdadera oposición al gobierno de turno, siempre y cuando reciban los beneficios y cuotas de poder que exigen al Ejecutivo. Así, han renunciado a cumplir su función de contrapeso, indispensable para la existencia de una democracia funcional.
El balance de la labor de Vamos y Seguimos durante las dos legislaturas y media transcurridas ha sido notable, teniendo en cuenta que carecen de mayoría tanto en las comisiones como en el pleno. Han ejercido una fiscalización rigurosa del gasto público y de las acciones del Ejecutivo, cumpliendo así con su deber constitucional y la misión esencial de toda oposición. Pese a su condición minoritaria, han logrado exponer ante la opinión pública las prácticas cuestionables de la clase política tradicional en asuntos como el Reglamento Interno de la Asamblea, las planillas clientelistas y los proyectos de leyes anticorrupción.
Uno de los aspectos más polémicos ha sido la deserción de algunos diputados de Vamos debido a diferencias con la directiva del movimiento. Expulsar de sus filas a quienes no compartan los valores que motivaron la confianza de sus votantes debería ser lo correcto. Es fundamental establecer parámetros éticos claros e inquebrantables; estos deben estar definidos internamente para que todos sus miembros actúen de manera coherente y no aleguen desconocimiento. Si bien considero que en temas específicos de políticas públicas debe existir cierto grado de tolerancia y respeto por la libertad de criterio, esto nunca debe implicar la renuncia a los valores éticos que constituyen la esencia del movimiento.
Si bien ciertas posturas con matices de intervencionismo estatal resultan preocupantes, importa más destacar que, hasta ahora, sus acciones se han mantenido alineadas con el objetivo principal de fortalecer las instituciones democráticas. Sería recomendable que ambos movimientos se posicionaran en el centro del espectro ideológico, promoviendo políticas moderadas y evitando dogmas inamovibles. Debería fomentarse un debate genuino de ideas, donde prevalezcan los resultados positivos de políticas públicas efectuadas con éxito en otros países, en lugar de partir de una supuesta infalibilidad asociada a determinada ideología.
Ante las nefastas intenciones de la vieja clase política de restringir los derechos de los votantes, aumentando el subsidio electoral, elevando los topes para donaciones privadas y prohibiendo las listas de candidaturas independientes en circuitos plurinominales, entre otras modificaciones al Código Electoral, resultaba imperativo que Vamos optara por convertirse en partido político. Solo así podría competir en igualdad de condiciones electorales y evitar que un proyecto político —que considero esencial para frenar el continuo deterioro de nuestro sistema democrático— se viera gravemente afectado.
El porvenir del Movimiento Otro Camino (MOCA) ha quedado muy comprometido tras los acercamientos de su líder con una de las figuras que mejor encarna el estilo de política corrupta y clientelista, y quien encima no solo posee una condena en firme, sino que además es prófugo de la justicia. Desde una perspectiva moral, MOCA se ha desacreditado y deslegitimado por completo, pues estas acciones recientes chocan de frente con los valores que ha defendido durante años. Su lamentable e incoherente conducta también ha empañado la imagen de sus dos diputados, quienes venían realizando una labor destacable en la Asamblea.
Preocupa que la falta de conocimiento de buena parte de la ciudadanía sobre cómo deben funcionar las instituciones democráticas, sumada a la tendencia a votar guiada por factores emotivos más que racionales, pueda afectar el respaldo a estas nuevas fuerzas políticas, favoreciendo las apariencias o la tradición sobre el contenido. Existe gran esperanza y expectativa de que estas fuerzas se consoliden como una verdadera alternativa al sistema clientelar que ha predominado durante décadas. Por ello, el escrutinio sobre sus actuaciones debe ser aún más exigente y riguroso que el aplicado a los políticos tradicionales.
Los ciudadanos debemos tomar conciencia de que contar con una verdadera oposición es fundamental para la legitimidad y solidez del sistema democrático, así como para fortalecer la confianza ciudadana en las instituciones. Es indispensable exigir transparencia y rendición de cuentas por parte de nuestros gobernantes. Si bien tanto Vamos como Seguimos han cometido algunos desaciertos, su gestión merece una valoración positiva, ya que han asumido con firmeza el rol de centinela que corresponde a una oposición genuina. Este rol resulta indispensable no solo para garantizar el debido funcionamiento del sistema democrático, sino también para preservar la esperanza de una sociedad más justa, transparente y verdaderamente representativa.
El autor es abogado.


