Hace poco escaparon dos chimpancés de un zoológico de la isla en la que vivo, Mallorca. La primeras noticias de la fuga hablaban de “animales agresivos y peligrosos”, para cuya captura la guardia civil recibióórdenes de dispararles. La hembra, Eva, murió poco después de un tiro mientras que el macho, Adán, fue hallado muerto días más tarde en una de las cubas de una depuradora.
Ante tales hechos, las declaraciones de las autoridades y los vecinos de Mallorca, por la alarma generada al escaparse los animales y las reacciones de las sociedades ecologistas, como el Proyecto Gran Simio de España, fueron tan opuestas que se diría que no estaban hablando del mismo problema. El dispositivo de alerta, con participación de la policía local, el Servicio de Protección de la Naturaleza y el de Protección Civil, era el previsible de entender que los vecinos, los visitantes y el personal del zoológico se encontraban bajo amenaza. Pero las organizaciones ecologistas minimizaron ese riesgo mientras exigían la asunción de responsabilidades por parte del zoológico e incluso su cierre.
¿A quién creer? He leído las opiniones de unos y otros y la que me parece más razonable es la escrita por Alexandra Wilms en un periódico en alemán que es publicado en Mallorca bajo el titular de “Aquí no se está tratando con una graciosa Chita”. En mi opinión, acierta: pese al buenismo de quienes insisten en la proximidad genética con nuestra especie, los chimpancés son unos simios de conducta social compleja, gran capacidad para resolver problemas y una alimentación que incluye la ingesta de carne. Cazan a otros primates, en particular sus crías, y nuestra especie es un primate más. Con motivo de un viaje a Burundi, uno de los investigadores de nuestro grupo me comentó que los chimpancés de montaña de allí han raptado en ocasiones a niños pequeños.
Y, sin embargo… numerosas iniciativas legales, parlamentarias y sociales insisten en dar a los chimpancés una consideración de “personas no humanas”, concediéndoles derechos. En julio del año pasado un manifiesto con firmantes de la talla de José María Bermúdez de Castro, Alberto Vázquez-Figueroa o Rosa Montero se adhería en España a la iniciativa en ese sentido del Proyecto Gran Simio internacional. También creo que tienen razón.
¿Cómo hacer compatibles las garantías ante la conducta agresiva y peligrosa de los chimpancés con la atribución de derechos y su respeto? Tomándose en serio ambas circunstancias, lo peor que cabe hacer con cualquier animal, y más aún con los simios, es antropomorfizarlos, darlos por semejantes y tratarlos en consecuencia como si se tratase de vecinos amigables.
Los chimpancés no son humanos; son simios como nosotros, pero sujetos a una naturaleza que no se puede equiparar a la nuestra. Si se está de acuerdo en que merecen protección –y yo lo estoy– se debe impedir que sean puestos en cautiverio y utilizados en experimentos dolorosos. Pero no estamos tratando con las chitas graciosas de las películas de Tarzán.