En este septiembre, mes de la prevención del suicidio, he notado que el tema tiene más presencia. Por un lado, me alegra que por fin podamos hablar de ello con mayor apertura. Por otro, me preocupa que sea solo una “tendencia” y no una verdadera toma de conciencia, porque eso implica que muchas personas lo aborden sin detenerse a aprender cómo hacerlo de forma responsable.

Quiero dedicar este espacio a compartir las recomendaciones avaladas por investigaciones sobre cómo abordar este tema y el de la salud mental en general. Hay una diferencia entre informar y exponer, y no está en el tema, sino en la forma. La manera en que se habla públicamente del suicidio puede aumentar el riesgo o puede reducirlo. El efecto Werther describe el aumento de conductas suicidas que sigue a una cobertura detallada, sensacionalista o repetitiva. El efecto Papageno describe lo contrario: cuando el mensaje muestra a alguien que atravesó una crisis y encontró salida, cuando muestra que hay otras salidas que no son la muerte, esta información protege.

Las recomendaciones que se derivan de estos estudios son concretas:

  • No describir el método ni el lugar.

  • No publicar notas de despedida, fotografías o videos.

  • No colocar la noticia en el titular junto a detalles que puedan causar un contagio.

  • No explicar una muerte por una sola causa: un despido, una ruptura, una calificación. Ninguna vida se termina por un solo motivo y esa simplificación le enseña a quien la lee que su propio dolor puntual es razón suficiente.

  • No romantizar el suicidio.

  • No convertir a la persona en mártir ni en advertencia moral.

  • Cerrar siempre indicando dónde pedir ayuda.

Quiero, además, señalar que estas recomendaciones no son solo para muertes por suicidio. También son para cuando presentamos contenidos sobre salud mental en medios de comunicación y en redes sociales, aunque ahí sus efectos sean más lentos y menos medibles. Nadie puede calcular cuántas personas no pidieron una cita porque el clima cultural les hizo sentir que necesitar ayuda era un fracaso. Pero ese clima se construye a diario, publicación por publicación.

  • La persona antes que la condición. Nadie es su diagnóstico. Alguien vive con esquizofrenia, tiene depresión, está en tratamiento por un trastorno de ansiedad. Decir “es bipolar” convierte un conjunto de experiencias en una identidad completa, y de ahí es corto el camino hacia “loco”, “desquiciado” o “psicópata” usados como insulto.

  • El vocabulario. Palabras que costaron años de trabajo clínico —trauma, disociación, narcisismo— circulan hoy con una ligereza que parece inofensiva. No lo es: son verdaderamente insultos y prejuicios. Cuando el trastorno obsesivo-compulsivo se vuelve sinónimo de ser ordenado y cualquier incomodidad se llama trauma, la persona que realmente vive esas condiciones pierde el idioma con el que podría explicarse.

  • No se diagnostica a distancia: ni a figuras públicas, ni desde un titular, ni en un video de treinta segundos. El diagnóstico es un proceso relacional y contextual que ni siquiera en consulta se hace con esa ligereza. Los contenidos del tipo “cinco señales de que tienes X” alarman a quien no lo necesita y tranquilizan falsamente a quien sí.

  • Las imágenes hablan. La silueta en blanco y negro contra la ventana, la cabeza entre las manos, las pastillas regadas, la camisa de fuerza: esa iconografía repetida comunica encierro y deterioro permanente sin decir una palabra. La alternativa sería mostrar a personas en contextos cotidianos, en vínculo, en actividad.

  • No a la romantización: el artista atormentado, la ansiedad como estética, la sensibilidad extrema como profundidad. Todo ello convierte el sufrimiento en una identidad deseable y dificulta que alguien quiera dejarlo atrás.

  • No a la simplificación optimista: “todo está en tu mente”, “sal a caminar”, “decide ser feliz”. Estos mensajes no son del todo falsos, y por eso funcionan tan bien para hacer sentir culpable a quien lleva meses caminando y agradeciendo sin mejorar.

Ojo con las redes sociales: todo esto se intensifica. El formato corto obliga a comprimir, y comprimir mal es desinformar. Además, los comentarios son parte del contenido: publicar sobre salud mental implica moderarlos; sería mejor no dejar que comenten. El algoritmo premia el extremo: lo tajante y lo alarmante circulan mejor, lo que obliga a decidir conscientemente no alimentarlo, aunque cueste seguidores.

Antes de publicar, pregúntate: si quien vive aquello de lo que hablo lee lo que escribí, ¿se sentiría comprendido o exhibido? ¿Encontraría a una persona antes que un diagnóstico, la posibilidad de cambio e información sobre dónde pedir ayuda? Lo que decimos sobre la salud mental no solo describe la realidad: la moldea. Y puede proteger o aumentar el riesgo.

La autora es psicóloga.