Desde la captura de Nicolás Maduro la madrugada del 3 de enero, en medio de la intervención militar estadounidense en Venezuela, surgió en nuestro país un abanico de esperanza en medio de una tensa calma, impregnada de silencio e incertidumbre.
Muchos de nosotros nos preguntamos qué nos hizo llegar a tal punto, qué generó una inflexión tan grande en nuestra historia, y la respuesta es la misma: el 28 de julio de 2024, una elección presidencial viciada desde la precampaña hasta la proclamación de Nicolás Maduro, en medio de dudas, fraude y escepticismo entre los venezolanos.
Sin duda alguna, después del 3 de enero, comenzó, de la mano de Estados Unidos, el plan de las tres fases: estabilización, recuperación económica y transición. Fue un proceso cuyos primeros pasos estuvieron cargados de alegría, principalmente para las familias de los cientos de presos políticos que permanecían recluidos en centros de tortura en diferentes lugares de nuestro país y cuyo paradero oficial, de hecho, se desconocía en muchos casos.
En medio del plan de las tres fases, llegamos al punto más álgido de la nueva dinámica entre el gobierno interino, presidido por Delcy Rodríguez, y la administración Trump: los negocios petroleros. Se firmaron memorandos de entendimiento, se otorgaron concesiones de perforación petrolera y se alcanzó el acuerdo petrolero más grande de la historia entre Venezuela y Estados Unidos, según el presidente Donald Trump. Pero, aun así, los venezolanos no vemos réditos de estos negocios millonarios en nuestro día a día; por el contrario, vivimos sumidos en una crisis eléctrica sin precedentes, en la que pasamos hasta 12 horas al día sin servicio eléctrico.
Hoy la demanda es clara: elecciones libres y transparentes, en las que los venezolanos puedan escribir las páginas del futuro de nuestro país, de la mano de nuestros aliados y anhelando el retorno de millones de compatriotas que son necesarios para la reconstrucción nacional.
El autor es politólogo.


