Hace algunos años publiqué en este mismo espacio una columna titulada «Esas palabras que ponemos de moda». Me divertía observar cómo, de la noche a la mañana, un vocablo cualquiera colonizaba los periódicos, los discursos políticos, las reuniones de trabajo y las aulas de clase: palabras comunes que siempre habían estado allí, pero que de pronto recibían una promoción colectiva y se volvían indispensables para parecer bien informado.
Ha llegado el momento de actualizar aquella lista. La nueva reina indiscutible es contexto.
No importa el tema sobre la mesa: siempre habrá alguien dispuesto a recordarnos la urgencia de ponerlo «en contexto». El periodista lo pide; el político lo exige; el profesor insiste en comprenderlo; el analista interpreta los hechos según él; el historiador vive profesionalmente instalado allí. Hasta en una conversación de café escuchamos la sentencia infalible: «Es que tienes que ver el contexto».
Lo curioso es que no estamos ante un término nuevo ni sofisticado. Procede del latín contextus, derivado de contexere, «tejer juntos». Hay belleza en esa filología: el contexto es el entramado que une los hilos, conecta las partes y evita que juzguemos un hecho como una isla desierta. El diccionario lo define como el conjunto de circunstancias que rodean o condicionan un suceso y, en el terreno del lenguaje, el entorno del que depende el significado de un enunciado.
Hasta aquí, impecable. El problema no es la palabra, sino nuestra obsesión repentina por aplicarla a todo:
—«Hay que analizarlo en contexto».—«Eso estuvo fuera de contexto».—«Vamos a contextualizar».—«Faltó contexto».
A veces sospecho que si alguien tropieza en la vía pública, antes de extenderle la mano no faltará un espectador que pregunte cuál era el contexto del tropezón.
Con todo, como fenómeno social, esta omnipresencia tiene explicaciones válidas. Vivimos en la era de la inmediatez y la fragmentación. Las redes sociales recortan declaraciones de diez segundos y las convierten en hogueras de diez mil comentarios. Una fotografía circula despojada de fecha, lugar y antecedentes. Un titular estridente sobrevive en la memoria digital mucho más que la noticia real que lo originó. En un ecosistema tan propenso al linchamiento instantáneo, reclamar contexto es un acto de legítima defensa intelectual.
En la educación, la palabra tiene un valor incalculable. Un buen docente sabe que memorizar un dato aislado no garantiza el aprendizaje; hay que entender de dónde viene, qué lo causó y cómo se conecta con la realidad. En el periodismo ocurre lo mismo: contextualizar no es un adorno, sino el rigor mínimo para entregar información honesta.
Por supuesto, la clase política también descubrió las virtudes del vocablo. Cuando sale a la luz una frase comprometedora o un patinazo verbal, el «contexto» se transforma en el salvavidas perfecto. Decir «eso hay que verlo en su contexto» es una fórmula genial: permite insinuar que la aclaración viene en camino... o garantizar que jamás llegará.
Conviene, sin embargo, trazar una frontera clara: poner un hecho en contexto no equivale a justificarlo. Contextualizar es aportar herramientas para comprender, no un salvoconducto para perdonar, maquillar o disculpar lo indefendible. Explicar por qué ocurrió una falta o un delito no significa concluir que estuvo bien. Confundir ambas cosas es, quizás, el abuso más peligroso que hacemos de esta palabra: convertimos una herramienta de análisis en una coartada retórica.
A diferencia de otras muletillas pasajeras que solo ensucian el idioma, el contexto realmente nos hace falta. Vivimos rodeados de fragmentos, de citas cortadas, de imágenes sin pie de página, y recuperar el entramado completo de los hechos es, hoy más que nunca, un ejercicio de honestidad intelectual. Lo deseable sería usarlo como lente analítica —para pensar mejor, no para escapar de la responsabilidad— y no como cliché automático para salir del paso.
Aquel texto de hace años buscaba identificar los términos que se ponían de moda en nuestro vocabulario colectivo. Hoy la respuesta es clara y categórica. Si algún lector considera que exagero en este diagnóstico, con gusto acepto la discrepancia. Pero eso sí: espero, estimado lector, que esta columna no termine siendo leída completamente fuera de contexto.
El autor es doctor en Educación, abogado y periodista.


