El otro día tuve una conversación conmigo misma. Soy profesora de Filosofía y, a veces, pensar demasiado es parte del oficio. Preferí no contárselo a nadie. Si lo decía en voz alta, seguramente alguien respondería: «Esta mujer vive en otro planeta». Y quizá tendría razón.
—¿Qué pasaría si los docentes pudieran dedicarse realmente a enseñar?
Imagino profesores con tiempo para planificar, investigar, leer, prepararse y llegar al aula con energía, en lugar de arrastrarse con el expediente bajo el brazo, lidiando con la burocracia eterna y agotando las horas en trámites que nada tienen que ver con educar.
Después pensé:
—¿Y si quienes representan a los docentes se concentraran en representarlos?
No significa pensar igual. Bastaría con discutir diferencias sin fabricar dos bandos, tres grupos, cuatro chats y cinco versiones de la historia.
Luego aparecieron los padres.
—¿Y si la mayoría asumiera con la misma responsabilidad que ya muestran tantas familias comprometidas?
Hay padres que acompañan, ponen límites, revisan tareas, enseñan respeto y hacen malabares para sacar adelante a sus hijos. No sería justo meterlos a todos en el mismo saco. Mi fantasía consiste en imaginar que ese compromiso se vuelve mayoría.
Entonces llegué a la pregunta grande:
—¿Qué pasaría si Panamá transformara su educación pública en una educación de primer mundo?
No hablo únicamente de edificios bonitos, computadoras, internet o aire acondicionado. Hablo de estudiantes que comprendan lo que leen, escriban con claridad, argumenten, investiguen, resuelvan problemas y distingan información de opinión. Jóvenes que conozcan sus derechos, pero también sus responsabilidades; que entiendan que la honestidad no es decoración para un mural.
¿Qué podría ocurrir con una generación educada así?
No tendríamos un país perfecto. La educación no posee poderes sobrenaturales. Pero sí podría ofrecer mejores herramientas para pensar, participar y decidir.
No todos pensarían igual —¡Dios nos libre!—, pero quizá aprenderíamos a disentir sin convertir cada diferencia en una guerra eterna.
La educación no garantiza prosperidad, pero puede ampliar capacidades para crear, producir, innovar, administrar recursos y comprender que una decisión responsable casi siempre cuesta menos que una mala excusa.
Entonces pensé en algo todavía más importante: la calidad de vida.
No consiste únicamente en ganar más. También está en cómo convivimos, respetamos reglas, tratamos al prójimo y actuamos cuando nadie nos observa.
Podemos inaugurar una escuela preciosa y encontrar basura debajo de la silla. Podemos hablar de ciudadanía, indignarnos en las redes sociales por la corrupción de los de arriba y luego estacionarnos en plena acera porque «es rapidito». Podemos pintar «Valores» en una pared y discutir cinco minutos después por quién llegó primero al alto.
La contradicción, al parecer, también tiene cédula de identidad y ciudadanía activa.
Mi imaginación ya iba demasiado lejos: docentes preparados, estudiantes con criterio, familias comprometidas, instituciones más sólidas, más cultura, responsabilidad, productividad y oportunidades.
—Indhira, bájate de esa nube.
Me dio risa.
Porque una buena educación no elimina automáticamente la corrupción, los problemas económicos ni los errores de quienes gobiernan. Tampoco convierte a nadie en santo. Pero puede cambiar las herramientas con las que una sociedad enfrenta sus problemas.
Las transformaciones profundas no caben en un período presidencial ni en un eslogan publicitario. Requieren continuidad, inversión, preparación, participación y tiempo.
Quizá lo ingenuo sea esperar un país distinto sin formar personas capaces de pensarlo y construirlo.
Y sí, alguien podría decir:
—Otra vez esta profesora soñando.
Pues sí.
No pienso dejar de hacerlo.
Tal vez no podamos arreglar Panamá esta tarde. Pero podemos mejorar nuestra manera de vivir en Panamá. Podemos aprender, enseñar mejor, cuidar nuestros recursos, elegir nuestras batallas y no convertirnos en parte de aquello que criticamos. Al fin y al cabo, cambiar el mundo suena a tarea titánica, pero sembrar criterio en tres o cuatro jóvenes que te miran un lunes por la mañana... eso ya es otra historia.
Y si después de semejante reflexión solo queremos sentarnos en un restaurante, pedir una cena, tomarnos dos cafés, hacernos una selfie y subirla a las redes con cara de «la vida está resuelta», también podemos reírnos de nosotros mismos. Porque una fotografía bonita no arregla un país, aunque el café esté excelente.
El país no cambia porque lo soñemos. Tampoco porque nos quejemos. Cambia cuando el pensamiento se convierte en decisiones, las decisiones en acciones y las acciones en hábitos.
Esa es quizá la moraleja: soñar no basta, pero dejar de soñar tampoco sirve.
Así que seguiré conversando conmigo misma.
Por lo menos, mientras haya café.
Y preguntas.
La autora es profesora de Filosofía.

