El estado de ánimo en París está decaído después del tercer ataque terrorista en 18 meses, pero de ninguna manera los franceses se sienten derrotados. La masacre de inocentes en Niza, que un violento demente cometió el 14 de julio, ha calado hondo en la mente de los franceses que se preguntan si el Estado es capaz de defenderlos, al tiempo que redoblan su convicción de que hay que ganar esta guerra. Las sirenas de las patrullas que se oyen por toda la ciudad causan desasosiego y el único consuelo es pensar que están haciendo su trabajo. Las revisiones de bolsas y bolsillos antes de entrar a la Catedral de Notre Dame o la Torre Eiffel son molestas, pero no más que las interminables filas antes de entrar a un aeropuerto en Los Ángeles o Ámsterdam.
El estado de inquietud e incertidumbre que se siente en todo el mundo es la nueva realidad en la que vivimos, y de nada sirve argumentar, aunque tengamos razón, que los desastres naturales causan más daño que casi cualquier acto terrorista. La costumbre nos ha familiarizado con horrores de la naturaleza como los huracanes, los terremotos o los tsunamis. También hemos convivido por tanto tiempo con incendios, inundaciones o sequías que los vemos como males que causan malestares periódicos, súbitos, a veces mortales, pero a final de cuentas, manejables.
La enorme diferencia con los ataques terroristas es que estos son cometidos por el hombre y contra el hombre en un acto de maldad deliberada. Por ello, de nada nos vale saber que la probabilidad de que seamos víctimas de la violencia terrorista en nuestro país o en el extranjero es sumamente baja. Se ha repetido hasta la saciedad que es más factible morir en un accidente de tráfico o de un ataque al corazón, durmiendo en tu cama, que por un atentado terrorista. Hoy, los analistas de riesgos han desarrollado un método de análisis llamado “micromort” que mide la probabilidad de morir una muerte no natural en un día aparentemente normal. Volar en avión es relativamente seguro, y el riesgo de morir es menos de 0.5 “micromorts”, mientras que el riesgo de no sobrevivir una operación del corazón es altísimo, 16 mil. El riesgo de morir en un atentado terrorista es semejante al de morir porque te cae un coco en la cabeza o porque caminas hacia atrás tomándote un selfi.
Aparte del carácter irracional de un atentado terrorista, el mayor problema es que causan un terror indescifrable. Un terror que afecta nuestro modo de vida. Un miedo que además causa otros problemas serios. Dejando aparte países como Irak, Siria o Afganistán, donde los atentados se suceden casi a diario, pero a donde nadie en su sano juicio se le ocurriría ir de vacaciones, en otros países como Egipto, Turquía, Túnez o Marruecos los efectos de los atentados han sido catastróficos para el turismo y para quienes dependen de los turistas para ganarse la vida.
Por si esto fuera poco, la falta de seguridad y de trabajo en estos países ha obligado a las personas a convertirse en peregrinas en busca de asilo en otros países. Una corriente migratoria incesante que ha provocado profundas divisiones políticas en los países de acogida entre los que entienden el predicamento de quienes no pueden vivir en su patria y buscan asilo, y quienes quieren conservar el carácter tradicional, cultural y racial de sus países.
En Francia hay además profundas divisiones políticas entre una izquierda enojada porque el estado de bienestar y las reivindicaciones laborales por las que los sindicatos han peleado se está desmoronando; mientras que la centroderecha está enojada porque, según ellos, el país no avanza hacia el siglo XXI a la velocidad adecuada y le reclama a la izquierda que haya hecho de la huelga el deporte nacional. Por otro lado, la ultraderecha culpa a los inmigrantes del malestar nacional y promete, falsamente, que con sus políticas Francia volverá a sus glorias imperiales, no con un Napoleón revivido, sino con una mujer que es un alma gemela de Donald Trump por su carácter racista, autoritario y demagógicamente populista.
Cualquiera que sea el caso, para mí la Francia de hoy sigue siendo la misma que descubrí hace justo 50 años, como la cuna de la civilización moderna y la inventora del joie d’vivre.
