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Crecimiento, ego y poder: la economía del narcisismo político

La ilusión del éxito económico panameño

Durante años, Panamá ha presentado su crecimiento económico como una prueba casi irrefutable de éxito nacional. Las cifras macroeconómicas, los grandes proyectos de infraestructura y la creciente visibilidad internacional han sido argumentos recurrentes para sostener la idea de que el país avanza. Sin embargo, esta narrativa optimista omite una cuestión fundamental: ¿es crecer lo mismo que desarrollarse?

Un crecimiento sin transformación real

La experiencia reciente de Panamá demuestra que crecimiento y desarrollo no son necesariamente equivalentes. El país ha experimentado un aumento económico sin una transformación profunda de su estructura productiva, de su capital humano ni de la solidez de sus instituciones. Esto ha dado lugar a un modelo que proyecta éxito hacia el exterior, pero que no consigue traducirse de forma constante en bienestar, movilidad social ni cohesión interna.

Dependencia de rentas y falta de productividad

Este fenómeno no es fruto de la casualidad ni de una coyuntura específica, sino que responde a una lógica económica particular: la economía panameña se apoya más en las rentas que en la productividad. Durante décadas, Panamá ha aprendido a vivir —y a depender— de flujos financieros que no exigen innovación sostenida ni esfuerzo colectivo a largo plazo. Las rentas del Canal, la plataforma logística, las concesiones, las exoneraciones fiscales selectivas y distintas transferencias estatales han permitido estabilidad macroeconómica y crecimiento agregado. Sin embargo, también han generado una peligrosa sustitución: el mérito ha sido reemplazado por el acceso, y la productividad por la cercanía a los flujos de renta.

El crecimiento como espectáculo

En este contexto, el crecimiento económico deja de ser una herramienta de transformación estructural y se convierte en un espejo: algo que se muestra, se comunica y se celebra, aunque no cambie de fondo las condiciones sociales que lo rodean.

Narcisismo político y economía de rentas

Aquí es donde el análisis económico se cruza inevitablemente con el político. El liderazgo que prospera en una economía de rentas no es el que reforma, sino el que exhibe. No es el que construye capacidades productivas a largo plazo, sino el que administra percepciones de éxito inmediato y efímero. No es el que fortalece instituciones, sino el que capitaliza obras visibles, subsidios de impacto rápido y discursos grandilocuentes.

El llamado narcisismo político no debe interpretarse únicamente como una categoría psicológica ni como una desviación moral individual. Es, en realidad, una respuesta funcional a un modelo económico que privilegia la apariencia sobre la sustancia.

Consecuencias del narcisismo político

Cuando el crecimiento no depende de la productividad sino de las rentas; cuando el éxito político se mide en aplausos y no en resultados verificables; cuando la política social se entiende como un alivio coyuntural y temporal y no como un mecanismo de movilidad social, el liderazgo narcisista deja de ser una anomalía para convertirse en la norma que alimenta la corrupción, el clientelismo y la desigualdad.

Las consecuencias de este modelo están a la vista: se desarrolla infraestructura sin reformas institucionales equivalentes; el gasto social atenúa urgencias, pero no genera un ascenso social sostenido; y el Estado es omnipresente en el discurso, pero frágil en la ejecución y la evaluación. Mientras tanto, la ciudadanía, a pesar del crecimiento agregado, sigue enfrentándose a la informalidad laboral, la desigualdad territorial y un elevado gasto de bolsillo que evidencia la ineficiencia de los servicios públicos esenciales.

Un modelo económico y político sin exigencia productiva

El problema de Panamá no se limita a episodios de mala gestión o corrupción recurrente. Se trata de algo más profundo: un modelo económico que no exige carácter productivo y un sistema político que se acomoda a esa falta de exigencia.

Mientras no se rompa la simbiosis entre rentismo económico y narcisismo político, cualquier intento de reforma será parcial y cualquier crecimiento resultará incompleto. Se seguirán acumulando cifras, pero no capacidades; obras, pero no instituciones; discursos, pero no futuro.

Conclusión: el futuro en juego

Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: Panamá no está detenido por la escasez, sino por la vanidad. El país ha construido una economía que tolera el rentismo, celebra la apariencia y deja el futuro en manos de la siguiente administración. En ese ecosistema, el narcisismo político no es un vicio individual, sino una estrategia racional de supervivencia. Mientras el liderazgo siga buscando reflejos y no cimientos, el país no fracasará de golpe —lo cual sería más honesto—, sino lentamente, bajo la persistente ilusión de estar avanzando.

El autor es neurocirujano y exministro de Vivienda.


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