Mis pensamientos están, sobre todo, con esas familias de nuestro país que hoy intentan mantenerse fuertes mientras por dentro sienten temor. Con quienes miran al cielo cuando llueve, escuchan una nueva réplica y se preguntan si estarán a salvo. Con quienes intentan tranquilizar a sus hijos cuando quizás ellos mismos necesitan que alguien los abrace y les diga que todo marchará bien; familias que darían lo que fuera por recuperar la tranquilidad de una noche, dormir sin miedo y abrazar a los suyos con la certeza de un amanecer en paz.
Sin embargo, en medio de esta realidad, también quiero detenerme en algo que merece nuestro reconocimiento: la fortaleza de ese pueblo interiorano que, generación tras generación, ha construido su historia con trabajo, sacrificio y esperanza. Es el pueblo que se levanta antes de que salga el sol para cortar la caña, sembrar la tierra, atender el ganado y realizar tantas otras actividades del campo que sostienen a nuestras comunidades. Es gente que trabaja con sus manos, que conoce el valor del esfuerzo y que, con el sudor de años enteros, ha levantado viviendas que hoy se heredan de abuelos a hijos y de hijos a nietos. En esas casas no solo hay paredes y techos; hay recuerdos, historias familiares y décadas de trabajo. Cada rincón guarda una parte de la vida de quienes las construyeron y de quienes crecieron en ellas.
Lo ocurrido ha golpeado profundamente a muchos de estos hogares. Pero también confío en la fortaleza de nuestra gente, en esa fuerza interior que les permitirá levantarse, volver a trabajar y comenzar a reconstruir lo que la naturaleza ha afectado. Quizás algunas cosas ya no serán iguales. Tal vez se tenga que empezar de nuevo, construir algo más pequeño o encontrar la manera de hacerlo mejor. Pero confío en que conservarán esa voluntad de seguir adelante que siempre ha caracterizado al pueblo trabajador de nuestro interior. Y es precisamente en momentos como estos cuando la solidaridad adquiere su verdadero significado.
Quiero reconocer a todas las personas que han colaborado y siguen colaborando. A quienes han donado en silencio, a quienes lo han hecho públicamente, a quienes han compartido su ayuda en las redes sociales y a quienes han llegado personalmente, incluso con cámaras grabando sus acciones, para entregar alimentos, agua y artículos de primera necesidad. Desde quienes han aportado miles de dólares hasta los que sumaron una libra de arroz, una comida o unas horas de su tiempo para regalar una sonrisa, sentarse a conversar y ofrecer compañía y afecto. Cada persona ayuda de una manera distinta y de acuerdo con sus posibilidades. Algunos donan, otros organizan, otros transportan y otros simplemente se acercan para escuchar.
No nos corresponde juzgar las intenciones. Nadie está obligado a dar más de lo que puede ni a ofrecer aquello que no está en condiciones de compartir. Cada quien sabrá, en lo más profundo de su conciencia, qué motivó su acción. Lo verdaderamente importante es que el alivio llegue a quienes lo necesitan. En medio de una emergencia, no deberíamos perder de vista lo esencial por detenernos a cuestionar las motivaciones de quien extiende la mano. Se trata de comprender que cada aporte cuenta y que, cuando trabajamos juntos, hasta el gesto más pequeño se convierte en un respiro enorme para alguien que lo ha perdido casi todo.
Estas circunstancias deberían recordarnos que nadie tendría que sentirse solo en sus horas más oscuras. La verdadera solidaridad consiste en estar presentes allí donde sea necesario, para que quien sufre sienta que no ha sido olvidado. Quisiera que ninguna familia cerrara los ojos esta noche sintiéndose abandonada. Que, aun cuando la tierra tiemble y el miedo vuelva a tocar sus puertas, encuentre una mano amiga, una palabra sincera y un gesto que le devuelva la esperanza. Quizás no podamos detener los movimientos de la tierra ni evitar las desgracias, pero sí podemos decidir que el dolor de nuestros hermanos no nos resulte indiferente. Que cuando una familia sienta que el mundo se le viene abajo, encuentre en nosotros una razón para no rendirse. Eso es solidaridad. Eso es humanidad. Y eso es lo que verdaderamente nos hace hermanos.
El autor es arquitecto.


