Cuando la tierra se mueve, se sacude también algo dentro de nosotros. El piso, aquello que damos por seguro, deja de sentirse firme. Parece que todo pende de un hilo. Se quiebra esa sensación de continuidad y seguridad que nos permite transitar por la vida.

Entonces aparece la urgencia. Nos cuesta pensar o decidir qué hacer. Nuestra atención se concentra en sobrevivir y proteger a quienes queremos.

Aunque estar a salvo pueda parecernos un milagro, parte de ese milagro tiene un rostro humano: el de los arquitectos, ingenieros, obreros y constructores que hicieron bien su trabajo. Su responsabilidad contribuyó a proteger nuestras vidas. Reconocerlo nos invita a agradecer y a sentir orgullo por lo que construimos los panameños. Esa fortaleza se expresa en las edificaciones y en nuestra capacidad de afrontar la adversidad con solidaridad y amor al prójimo.

Ese agradecimiento puede convivir con el miedo y el dolor por quienes han sufrido daños. Sentir alivio no significa recuperar la tranquilidad. Aunque el movimiento termine, la inseguridad puede permanecer. Cada réplica renueva la pregunta: ¿volverá a suceder? Aquello que antes parecía confiable se vuelve incierto.

Es importante no minimizar lo que sentimos ni lo que sienten los demás. Decirnos «ya pasó» o «no fue para tanto» puede dejar sin espacio una experiencia que necesitamos expresar. Reconocer el miedo y encontrar compañía puede ayudarnos a recuperar la calma para pensar.

Desde una mirada psicoanalítica, un acontecimiento como este puede despertar experiencias anteriores de desamparo, pérdida o ruptura. En lo que ocurre afuera pueden resonar momentos en los que sentimos que nuestra vida perdía su sostén. Son nuestros terremotos internos. Cada persona vive lo sucedido de una manera distinta y necesita su tiempo para procesarlo.

Donald Winnicott —el reconocido pediatra y psicoanalista— llamó sostén a los cuidados físicos y emocionales que un ambiente confiable ofrece desde el comienzo de la vida y que favorecen nuestra continuidad de ser. Esta idea nos ayuda a pensar cómo, ante una experiencia que nos sacude, la presencia de otros puede ayudarnos a recuperar estabilidad.

Poner en palabras lo que sentimos puede ayudarnos a encontrar calma. Expresar el miedo o la incertidumbre permite darle forma a lo vivido. Podemos ofrecer escucha a los demás, sin juzgar ni apresurarnos a decirles cómo deberían sentirse.

También necesitamos escucharnos a nosotros mismos. Las indicaciones de seguridad de los aviones nos ofrecen una imagen: en caso de despresurización de la cabina, colóquese primero su mascarilla de oxígeno antes de ayudar a su acompañante. Cuidarnos nos permite estar en mejores condiciones para cuidar. No necesitamos estar tranquilos para ofrecer compañía, pero sí reconocer cuándo necesitamos apoyo.

El cuerpo participa de lo que vivimos. En momentos de tensión pueden aparecer molestias digestivas, dolores de cabeza o dificultades para dormir. A veces nos cuesta encontrar palabras para un malestar que se hace sentir corporalmente. Esto no significa que todo síntoma tenga un origen emocional, pero nos recuerda la importancia de atender lo que sentimos y las señales de nuestro cuerpo.

También importa cuidar la información que recibimos y compartimos. Buscar fuentes oficiales y evitar difundir rumores puede ayudarnos a orientarnos. Necesitamos saber cómo proceder, pero también darnos pausas para que las noticias no ocupen todo nuestro espacio emocional.

Es preciso seguir adelante, pero también detenernos a escuchar cómo estamos. La resiliencia se construye dando lugar a nuestra vulnerabilidad y aceptando que podemos necesitar de otros. Compartir lo que sentimos, escuchar y aceptar compañía son formas de recuperar sostén. Porque cuando la tierra se mueve y sentimos que puede dejar de sostenernos, descubrimos en nuestros vínculos cómo sostenernos a nosotros mismos y unos a otros.

La autora es psicoanalista, miembro de APAP.