Uno cree que la Navidad se rompe con ruido. Con un grito. Con un llanto escandaloso. Con una verdad dicha de golpe. Pero no. La Navidad, cuando se rompe de verdad, se rompe en silencio.
Yo estaba ahí, vestido de Papá Noel, sudando debajo del traje como solo se suda en diciembre en el trópico, con la barba picando y el gorro torcido. Había practicado el “jo, jo, jo”, había ensayado la voz grave y hasta había adelantado la panza —que en mi caso no requería mucho esfuerzo—. Todo estaba listo para cumplir con mi misión: sostener una ilusión un año más.
Ella no miraba los regalos. Me miraba a mí.
No fue una mirada curiosa. Fue una mirada larga, detenida, como si algo dentro de ella se estuviera acomodando… o rompiendo.
Yo pensé: “Tranquilo, aguanta, parpadea normal”. Pero los nervios hacen cosas raras. Y los ojos, cuando son verdes y conocidos, no saben mentir.
—Papá Noel… —dijo bajito— tú tienes los mismos ojos que…
No terminó la frase. No hacía falta.
En ese instante sentí algo que no venía en el guion: vergüenza. Vergüenza de adulto. Vergüenza de haber crecido demasiado. Vergüenza de estar ahí, con barba falsa, frente a una niña que empezaba a entender que el mundo no siempre es como se lo prometen.
Sus ojos se llenaron de lágrimas despacio. No lloró de inmediato, como si quisiera darse tiempo para estar segura. Fue una tristeza contenida, educada, de esas que duelen más porque no hacen ruido.
Nos conocía demasiado bien. Mi esposa y yo éramos los mejores amigos de sus papás. Habíamos compartido visitas, risas, domingos eternos, cumpleaños donde el tiempo parecía no avanzar. Había crecido viéndonos entrar y salir de su casa, confiando sin condiciones. Y ahora esos mismos ojos verdes, los míos, estaban ahí, arruinando una fantasía.
Ahí entendí algo terrible: los niños no pierden la magia, la despiden.
No dijo nada más. Bajó la mirada. Y en ese gesto pequeño, silencioso, algo se fue para siempre.
Yo quise arreglarlo con palabras grandes. Con explicaciones bonitas. Con teorías sobre ayudantes y magia compartida.Pero primero me senté a su lado. Porque hay momentos en los que no se habla para convencer, sino para acompañar.
Le dije la verdad suave. No toda, pero la necesaria. Que Papá Noel existe de otra forma. Que vive en la gente que quiere, en los que se esfuerzan, en los que hacen el ridículo con tal de proteger una sonrisa un poquito más.
Ella me miró, cansada de descubrir cosas, y preguntó, casi en un susurro, con dos pequeñas lágrimas escurriendo por sus mejillas:
—¿Entonces… ya crecí?
Esa pregunta me dolió más que cualquier delación.
Le dije que sí… y que no. Que crecer no es dejar de creer, sino aprender en qué creer. Que la magia cambia de forma, pero no desaparece si alguien la cuida.
Sonrió. Una sonrisa distinta. No la de antes. Una más lenta. Más parecida a la nuestra, la de los adultos que ya saben.
Esa noche yo no salvé a Papá Noel. Perdí la barba. Perdí el misterio. Perdí algo que no se recupera.
Pero gané otra cosa: el privilegio de estar ahí cuando una niña entendió que el mundo no siempre es mágico… pero puede seguir siendo bueno.
Y aunque mis ojos verdes la traicionaron, todavía pudieron decirle algo verdadero:que no estaba sola.
Y que, incluso cuando la Navidad duele un poco, sigue siendo Navidad.
El autor es ingeniero retirado.


