El viernes 9 de octubre, la tierra se movió en Panamá. Yo estaba lejos de casa, a bordo de un avión, intentando regresar, y en esos minutos eternos entendí lo rápido que todo puede cambiar. No pensé en el trabajo ni en los pendientes. Pensé en mis hijos, en mi esposo, en mi familia. Hablé con ellos y con mis amigos, y solo entonces pude respirar.

Después hice lo que hacemos todos: abrí las redes sociales para saber cómo estaba el país. Las primeras noticias fueron un alivio enorme: Panamá había aguantado, ningún edificio se había caído y no había personas fallecidas. Al día siguiente logré llegar, abracé a los míos y entré a mi casa. No se había caído ni una planta. Me sentí extremadamente privilegiada y agradecida.

Pero seguí leyendo y la historia empezó a ser otra. Vi a un abuelo llorando frente a lo que quedó de su casa, la única que levantó con años de trabajo, con muebles y electrodomésticos comprados poco a poco, símbolos de toda una vida de esfuerzo y de cada quincena bien ganada. Leí sobre un puente caído que conectaba caminos de producción o que era la única vía hacia el hospital más cercano, y sobre una escuela multinivel con grietas que no tienen arreglo, donde los niños quizás reciben la única comida del día, además de la educación que puede cambiarles el futuro.

Como pediatra, esa última noticia me detuvo. Sé lo que significa para un niño ese plato de comida y ese salón de clases. Una grieta en una escuela rural no es solo una pared dañada: es una amenaza al desarrollo de decenas de niños.

Y, en medio de todo eso, vi algo que me llenó de admiración: el personal de salud de hospitales y centros de salud de todo el país. No abandonaron sus puestos. Pusieron a sus pacientes primero, con calma y con vocación, y siguieron cuidando a los hijos y a los papás de otros sin haber tenido siquiera la oportunidad de saber de los propios. Ojalá el Estado les asegure condiciones dignas de trabajo, porque, para que puedan seguir cuidando, hay que cuidarlos.

Creo que el temblor nos dejó dos lecciones. La primera es personal: en minutos descubrimos quiénes realmente importan. Son las personas. Llamémoslas, abracémoslas y no esperemos otro susto para hacerlo.

La segunda es colectiva y es la que más me inquieta. Cuando pasa el miedo, la tentación es decir: «Qué suerte que no fue peor». Pero para el abuelo que lo perdió todo, para la comunidad sin puente y para los niños sin escuela, no fue suerte. El mismo temblor no sacudió igual a todos: una casa bien construida resiste y una humilde, levantada con lo que alcanzó, no.

Hoy hay que ayudar y cada quien puede hacerlo con lo que tenga: una donación, unas horas, su voz. Pero me pregunto algo que no me deja tranquila: ¿ese abuelo tendrá que depender el resto de su vida de la caridad de sus vecinos? La caridad ayuda a pasar la emergencia, pero no reemplaza a un Estado que garantice vivienda digna, caminos seguros, salud y escuelas que no se agrieten. Eso no es un favor, es un derecho de cada panameño.

Cuando pase el temblor, que no pase también el compromiso con los demás. Exijamos que la reconstrucción llegue primero a quienes menos tienen. Y a los padres y abuelos que me leen les dejo una tarea: conversen con sus hijos y nietos sobre lo que pasó. Hablen de gratitud, pero también de responsabilidad con quienes lo perdieron todo. Enseñarles a ayudar es la mejor forma de dejarles un país más justo y más solidario.

La autora es pediatra.