El terremoto de 1991, cuyo epicentro estuvo en Limón, Costa Rica, cerca de la provincia de Bocas del Toro, se sintió en casi todo el país, y también hubo días de réplicas que fueron disminuyendo a medida que pasaba el tiempo.
Sin embargo, el terremoto del 9 de octubre del presente año fue mucho más fuerte y con mayor efecto destructivo.
Me encontraba en Soná, descansando en un parque, cuando sentimos un leve movimiento, y en cuestión de segundos se “desató el infierno”.
Imágenes apocalípticas de personas corriendo por las calles y gritando, así como de edificaciones derrumbándose, quedarán en la memoria de muchos por mucho tiempo, con distintos grados de ansiedad, algo que los psicólogos denominan estrés postraumático.
Tan pronto pasó el temblor, lo primero que hice, al igual que muchos que estábamos cerca, fue llamar a personas conocidas y familiares para saber cómo se encontraban.
Parece irónico que en los momentos de peligro sea cuando valoramos a fondo los lazos de familia y amistad.
Las catástrofes activan los sentimientos de solidaridad y empatía, pero también hay gente que se aprovecha lucrando con el precio de la comida y el agua, como pude observar.
La noche del temblor nadie pudo conciliar el sueño y muchos la pasamos a la intemperie mientras sentíamos las réplicas.
Considero que el sentimiento de temor e inseguridad es el mayor problema por resolver luego de fenómenos naturales como huracanes y terremotos.
La atención de salud mental para la población debe activarse y llegar a los lugares de mayor afectación.
No se trata de hacer taquilla y propaganda con una desgracia como la vivida recientemente, sino de una atención y ayuda efectivas, sin distinción política ni religiosa.
Todavía no entiendo cómo algunos panameños, esgrimiendo aquello de que la vida debe continuar, se molestaron cuando hubo la posibilidad de suspender los desfiles patrios en la ciudad, como si el dinero invertido en uniformes y atuendos fuera más importante. El dinero y el negocio por encima del dolor colectivo por lo vivido.
¿Acaso no se pudo posponer un mes o unas semanas, y hacerlo con otra modalidad, sin dejar de rendir honor a la patria?
Mientras en la ciudad habrá desfiles, en otras provincias y distritos no se realizarán. O sea, una tragedia segmentada de acuerdo con la afectación.
Pasó igual con la pandemia de covid-19, cuando, pese al peligro y los decesos, muchos querían volver a la normalidad para seguir vendiendo y sacando provecho como si nada.
El gobierno fácilmente hubiera proclamado la semana de fiestas patrias como la semana de solidaridad con todos los que fueron afectados, y las escuelas con sus alumnos que no sufrieron daño hubieran realizado una gran caravana de la solidaridad en Panamá. Esto hubiera sido más patriótico que desfiles y malabarismos en los que muchos no saben qué están celebrando.
El autor es sociólogo y docente.


